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Diego Suarez Conservar el legado del Gran Poder
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El Señor del Gran Poder está enfermo de tanto aliviar. Siempre a la luz de las velas, como faro y guía perenne de la devoción, se ha echado a sus espaldas las oraciones y súplicas imposibles de los sevillanos. Al calor de la cera, derramada como tantas lágrimas, su rostro se ha ido oscureciendo. Los fieles le fueron clavando espinas a su propio dolor mientras pasaba el tiempo irrenunciable. Y sin embargo, nunca quiso esconderse de los suyos. Al contrario, dio la cara, los pies; sus manos, como bálsamo y ayuda ante aquello que no se comprende sin fe. Incluso rechazó el frío cristal de una mampara ausente por mezclarse con el color del cirio y su plaza. Pero ahora nos necesita. Como nosotros a El, en nuestro egoísmo. Los expertos aconsejan una intervención urgente para no perder por siempre la tez morena que ha estremecido los siglos. Su encarnadura se nos va. Por eso se hace necesario, más que nunca, tocar lo inalcanzable. Para que así, nuestros hijos gocen de su ternura en el dolor, como lo vimos aquel día, de frente, sin más testigo que una conciencia forjada en las contradicciones. Esta Madrugada, si Sevilla quiere, será la última vez que salga a la calle racheando el dolor que lo atenaza. Será así, a menos que tengamos el alma de madera. |
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