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José
María Izquierdo |
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Luna de Parasceve. Post tenebras
El silencio se hizo en la plaza. Hízose como si nuestras manos pudieran plasmarlo y nuestros ojos percibirlo. Oíase el silencio… Rezaban las almas… Rezaban como si estuvieran solas, en una soledad sin ausencias ni distancias; soledad no vacía, mas llena de vida; soledad poblada de almas que rezaban señeras, mas no solitarias. Era la plaza como un mar. En la plaza una multitud de flujo y reflujo impreciso e imprecisable; porque ¿quién puede marcar eurítmicamente en la arena de la playa la línea ondulante y proteica de los besos del mar? En la plaza, llena de gentes, parecía que nadie había; ¡tan lejos estaban las almas de los cuerpos, tan cercanas se hallaban del Alma de las almas! Amortiguóse la luz de los focos; avivóse en las almas la luz de la fe; y todo –las cosas y las almas- fue bañado por el misterioso claror de la luna del Parasceve. Y Dios humanado pasó entre los hombres, evocado por el gran poder del arte humano, y revelando el Gran Poder del Divino Amor. Un rayo de luna dulcificó la Santa Faz… Y rieló en las lágrimas de la Virgen… |
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