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MISA SOLEMNE
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Los Viernes Jesús del Gran Poder -agria y roja la frente, los ojos como de hielo harto de serlo-
recibe la visita de
Los viernes, esperan hombres callados en la puerta de la iglesia, seres que saben la ocasión, el benévolo perfil del tráfico inmundo. Con ademanes recatados, vienen de sus floridos barrios las prostitutas sevillanas.
Los viernes, merodean los chulos, ansían vida fácil; el amor, si se prendan tales hembras, redunda en gala y en pereza de varones. Juegan los niños en la plaza iluminada de oro maternales, cruzan las golondrinas de Bécquer, arcaico vecino de la iglesia. Nada es enjuto sino pródigo cuando llegan, honestas en su porte, las prostitutas sevillanas.
Los viernes, ellas rezan al Cristo, lloran y piden favor, prosperidad. Igual que el estudiante pide vencer el angustioso examen, el gobernante dilatado tiempo para hacer la fortuna de la patria y el jurista prolíficas disputas sin acuerdo, imploran que no decaigan clientes, salud, las prostitutas sevillanas.
Los viernes, la iglesia de San Lorenzo se llena de sollozos sin mancha, de palabras primeras como diamantes sin tallar o lilas que surgieran en un corral abandonado.
Sube la fe más que el incienso hasta los ojos del Cristo, y lloran lloran y lloran sin dolor -mar obediente, lágrimas mansas del milagro nuevo- las prostitutas sevillanas.
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