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Francisco
Moreno Galvache |
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Y paralelo a ese Silencio, el
otro, el magno, silencio terrible del Gran Poder. "Se desemboca, con él,
en el mar del silencio". Parece que Fray Luis lo escribió para el Gran
Poder. Nazareno justiciero, más que consolador. Cuando sale, todo pecho es
altar. Ni una sola luz. Casi ni una sola oración, porque cada uno está
inmolándole su propia reparación. Anda, más que por entre los naranjos, por
dentro de cada hombre. Todo Él, como el soneto cervantino aquel "de la
boca se despiden flores". Gran Poder de los Novísimos: muerte, juicio,
infierno, gloria. Con Él, las reliquias de Diego de Cádiz, la bandera
pontificia, la sierpe en la corona, los instrumentos pasionistas de la Cruz de
Guía. Va como lleno de la Secuencia de difuntos: "Yo soy aquello por lo
que todo hombre será juzgado". Todo el rumor del mundo se hace asombro
ante su efigie. ¡Claro que sí, que da que pensar el Gran Poder! Por eso el
pueblo, que lo sabe, se pasa el año sumando en su haber "todos los viernes
de visitas" expiatorios. Procesión de la suma veracidad, del cara a cara
con Cristo: entre el negro de sus túnicas, por entre la cera que lo cubre, por
el frío tejaroz de su San Lorenzo, por la vía de la inefabilidad que lo
envuelve, hacia sus manos tremolantes y abiertas, saltará la noche buscándolo:
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