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Rafael Duque
del Castillo |
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Y todo ello, resignada, suavemente, con la naturalidad de aquella viejecita, humilde y sencilla, mujer del pueblo, sin conocimientos ni honduras teológicas, a quien yo vi un domingo de Ramos, cuando en San Lorenzo, Jesús del Gran Poder ofrece sus manos al beso caliente y amoroso de Sevilla, que absorta ante la Imagen del Señor, en un diálogo íntimo, de corazón a corazón, le decía luego en alta voz al despedirse: "Padre mío, ¡que guapo estás! Hasta el año que viene, pero entonces no te verá aquí, te veré en el Cielo." Cristo encerrará su dolor en el silencio del Templo, cuando la noche no ha acabado de despedirse, o a lo sumo, cuando la primera luz de la mañana le salga al encuentro, en San Lorenzo en ese instante sobrecogedor en que el pregonero le dice al Señor: |
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¡Señor, mira aquí, traídos indignamente por mí, hasta tus plantas a estos buenos, a estos devotos cofrades de la Sevilla nazarena para Ti! También ellos, han recorrido con paso penitencial calles de profunda amargura y hoy se acercan a Ti para beber el consuelo que brota de tu dolor. A lo largo de tu caminar, en las madrugadas santas de Sevilla, los has mirado muchas veces con tus ojos velados por el sufrimiento y Tú, Señor, mejor que nadie, sabes de la hondura, de la verdad, de ese diálogo, entablado sin palabras al cruzarse con la tuya sus miradas angustiosas. Vienen hoy a Ti para presentarte el tributo de sus vidas, para unir al Tuyo su dolor, para decirte que quieren completar en ellos lo que falta a tu Pasión, para formar una nutrida legión de "cirineos" del amor, que te ayuden a llevar esa Cruz, que siempre te agobió y fue martirio duro en tu agonía. Si Tú, Señor, quieres acepar su ofrenda, regálales, para que vivan la alegría, con esa Cruz, que guardas para tus escogidos. Sólo te pedimos, Señor, que si has de darles tu Cruz, les des también:
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