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Juan Foronda
Blasco |
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Pero “soy un gusano, ya no soy un hombre, vergüenza para la gente, oprobio para el pueblo”, así lo profetizó Isaías y así veremos al Señor del Gran Poder cuando abandone su Basílica de la Plaza de San Lorenzo y sacando fuerzas de flaqueza, lo haga a grandes zancadas, mientras los filos de su Túnica Sagrada van arrasando la mala hierba que cayó sobre el suelo sevillano, limpiándolo con el rocío de su redentora Sangre. ¡Qué lejana está la mirada del Señor! Parece descubrir el horizonte cercano de la muerte, y hacia ella caminará en la más desoladora soledad. El sudor y la sangre seca turban su bendita Faz.
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Y Sevilla le llama, ¡GRAN PODER!, Sevilla le dice, ¡Señor! ¡Señor del Gran Poder! ¡Señor Nuestro! Era una tarde serena de un señero Lunes Santo, cuando mi ojos estaban frente a los tuyos clavados. De rodillas, muy cerquita de Ti, Padre tan amado, me estremecía Tu Poder, mientras besaban Tu mano. Te rezaba y te rezaba, con ansiedad y con encanto, hasta que en mi mano diestra tuve un pañuelo, muy blanco. No sé si bajó al momento, de los cielos enviado, sólo recuerdo una voz: ¡límpiale al Señor la mano! Todo mi cuerpo tembló, y recogido y turbado, fui caminando a tu lado, para limpiarte la mano. De pie firme, junto a Ti, hombro con hombro rozando, nublarónseme los ojos, al filo casi del llanto. Te observaba, Gran Poder, prendido en el desamparo, humillado y dolorido, Lirio, por amor, tronchado. Tu Faz Divina marcada por el castigo inhumano, barba y cabello mesado, y de espinas coronado. ¡Y que zancada, mi Dios! a la muerte, tan cargado, ¡qué afanes de Redención! para siempre del pecado. Las interminables filas de los fieles apiñados, iban llegando hacia Ti, para besarte las manos. Un piropo que resuena en el silencio, truncado, de una frágil ancianita: “¡atado estás aún más guapo!”. El joven y la chiquilla al niño cogen en brazos, y sus labios inocentes te besan, algo extrañado. El abuelito apoyado en su nieto con encanto, te besa y cubre sus ojos, un poco disimulado. Unas monjitas de azul al verte, tan afrentado dejan virginales ósculos en tus redentoras manos. Y besos y besos y besos, y el pañolillo, tan blanco, va recogiéndolos presto, y con esmero guardando. ¡Como te quieren Señor estos fieles sevillanos! no son sólo pedigüeños, son también, enamorados. ¡Cuántas promesas cumplidas! ¡Cuánto silencio y fracasos! ¡Cuántas penas olvidadas! ¡Cuántos dolores callados! ¡Cuántas miserias pasadas! ¡Cuántas hambres y quebrantos! ¡Cuánta carencia arrastrada! ¡Cuánta muerte y desamparo! ¡Cuántas almas se te entregan! ¡Cuántas ofrendas de amor! ¡Cuántas sentidas plegarias! ¡Cuántas muestras de candor! Mi misión se terminó cuando marché de tu lado, pero el pañolillo blanco se me escapó de la mano. Y nunca lo volví a ver, seguro que va empapando tus Sudores Gran Poder, al alba del Viernes Santo. Era una tarde serena de un señero Lunes Santo.
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