Si ponéis atención,
los veréis entrando por esa puerta. A primera hora de la mañana, recién
abierto el cancel, algunos hombres bien trajeados aguardaban impacientes.
Llevan prisa, apenas se detienen un momento porque se les hace tarde. Poco
después aparecen los estudiantes con sus libros debajo del brazo, agotando
el último recurso que les queda para sacar el examen que les ha dejado sin
dormir. Más tarde, a media mañana, serán mujeres con sus carros de la
compra, sin tanta prisa, recreándose en el rito no escrito que llevan
grabado en las entrañas. También vendrán parejas de jóvenes, beatas de
diario, hombres de corazón duro, moviendo montañas o en plena crisis de Fe,
ricos, pobres, humildes, nobles, curtidos en mil batallas o empezando a
vivir, cultos, ignorantes, famosos, anónimos, del todo Sevilla y de toda
Sevilla. Antes incluso de traspasar el umbral divisan al fondo una silueta
enmarcada en un camarín con forma de concha. Vosotros también la podéis ver,
verdad, no tenéis más que cerrar los ojos por un instante, también la tenéis
grabada, una cabeza con tres potencias ligeramente inclinada a vuestra
izquierda, formando ángulo con el remate de la cruz hacia arriba y una
túnica abriéndose tenuemente en la caída. Sí, es la misma silueta que habéis
visto tantas veces, en cientos de azulejos repartidos por toda la ciudad,
enmarcada en plata en las casas señoriales del centro, en el cuadrito con
flores de plástico de la entrada de los pisos del Polígono, encima de las
máquinas de café de los bares del Fontanal y La Barzola, en el descansillo
de las escaleras de comunidad de Pino Montano y Amate, en las oficinas de
Nervión y Los Remedios, en los comercios de Rochelambert y Miraflores, en
las cabeceras de los enfermos, en los pasillos de los hospitales, en las
lápidas de la última morada, colgada de tantos cuellos, prendida de tantas
solapas; es la Silueta de miles de hombres y mujeres que la grabaron con
lágrimas de oración, de duda, de alegría, de tristeza, de abatimiento, de
entrega, de agradecimiento. Qué me perdone el NO8DO, esa silueta es el
símbolo de Sevilla.
Pero pasamos al interior con todos ellos y poco a poco vamos distinguiendo
Su figura. La mirada baja, parece absorta en algún misterio demasiado
insondable para nosotros, sin embargo, tenemos la certeza de que ha notado
nuestra presencia. Camina con paso firme arrastrando la cruz, pero permanece
en su sitio. Subimos al Camarín siguiendo la inercia. Algunos pasan con
prontitud, casi mecánicamente, con la familiaridad que dan los años haciendo
lo mismo, besan el talón, tocan la cruz y se marchan. Otros se quedan
contemplando al que les da la espalda y sin embargo escucha su oración.
Cuántas angustias, cuántas alegrías, cuántas penas y cuántas dudas encierra
el mármol rojo de ese Camarín.
"Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará
para sanarme" (Lc. 23, 28), así Te debía susurrar aquella mujer, a la que
involuntariamente sorprendí pasando por Tu Talón un sobre cerrado con el
anagrama del SAS, así deben pensar quienes dejan las fotos que aparecen bajo
Tu peana cada vez que se mueve, o las súplicas escritas en papelitos
doblados. "Señor, no merezco molestarte, pero sólo tu cercanía será
suficiente", debían creer las mujeres que se ganaban la vida en la Alameda y
le rezaban al azulejo de la plaza porque no se atrevían a entrar en la
Iglesia, pobres ignorantes de que Tu sitio está en la mesa de los pecadores.
¡Quién me ha tocado!, preguntaste cuando la mujer de las hemorragias
acarició por detrás Tu Manto (Lucas 8 42-45). ¡Quién me ha tocado!, volviste
a preguntar cuando otra mujer acarició por detrás el faldón de tu paso una
Madrugada, pidiéndote por la salud de su Hija.
Qué ilusos fuimos, Señor, queriendo usar criterios científicos para curarte.
Si Tu Rostro lo han formando cuatro siglos de sufrimiento de una ciudad que
se ha hecho a ti como el hierro a la fragua. Tú llevas Sevilla en la Mirada
vidriosa, en la sierpe que se te enrosca y se Te clava, en el mechón que Te
resbala por la Mejilla, en la espina que traspasa Tu ceja, en la que Te
hiere el lóbulo, en Tu boca jadeante, en las Manos que acarician la Cruz, en
el paso al frente que llevas dando cuatro siglos en nombre de todos
nosotros. No es cierto, no fue el humo, ni el incienso, ni el frío de una
noche al año, a Tu Rostro lo ennegrecieron las epidemias del XVII, las
invasiones del XVIII, las revoluciones del XIX, la Guerra del XX; de tanto
mirarte, los sevillanos te han gastado y de tus labios no ha salido ni una
palabra de queja. Qué iluso fuimos, Señor, queriendo cambiarte la Cruz por
una menos pesada, porque Te hacía daño. Si tu Cruz está hecha del dolor de
los hospitales, de las ausencias de la carretera, de las jeringuillas de
heroína, de la violencia de los hogares, de las soledades del final de la
vida, de las chabolas que siguen existiendo, de los que buscan la tierra
prometida y encuentran la tumba en el mar, de las vidas que se truncan antes
de nacer. Qué ilusos son los que esperan que hoy hable de la experiencia de
haberte curado, si Tú y yo sabemos, Señor, que nunca te he sentido tanto
como los años que fui Diputado de Tu Bolsa de Caridad, los que me
permitieron hablar contigo, escuchar tus lamentos y poder ayudarte a cargar
con la cruz, cada vez que lo hacía con uno de Tus hermanos y así me lo
recordabas a última hora del día, cuando subía a Tu Camarín y me quedaba a
solas contigo. Allí aprendí, Señor, que el Culto no necesita justificación
pero no hay mejor forma de quererte que haciéndolo con nuestros semejantes.
En Tus Manos El Poder y la Gloria, en las nuestras salir a tu encuentro. El
que crea en Ti, que tome su Cruz y Te siga.
Señor, yo nunca sabré decirte cosas hermosas, yo sólo sé quererte y
seguirte, y con eso y nada más que con eso, hoy me puse delante de toda
Sevilla para pregonar Tu Semana Santa.
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Mi Virgen es
pequeña, delicada, de rostro suave. El Discípulo le habla pero Ella no le
escucha, está demasiado pendiente del momento que tendrá que salir detrás de
Su Hijo. Pasará toda la noche siguiendo los pasos del fruto de su Vientre,
desapercibida una Madrugada más, como lo está todo el año, cumpliendo con Su
Evangélico papel secundario. Pero siempre estará, en la Madrugada, acogiendo
con Su Manto las almas de los que Lo vieron pasar caminando y no pudieron
seguirle; durante el año en su Camarín, al que siempre podremos acudir,
desviando la mirada, cuando no nos atrevamos a mirarlo de frente, porque le
hayamos ofendido otra vez. Es mi Virgen del Mayor Dolor, la más discreta, la
que siempre ha estado con los Suyos desde el lejano día que se fundó la
Hermandad del Traspaso en torno a Ella, la que siempre nos acompañó en la
Estación de Penitencia. ¡Mujeres de Jerusalén!, no lloréis por mí, hacedlo
por mi Madre y no la dejéis sola (Lc. 23, 28).
Un día pasa, una Madrugada llega y tres palios de cajón. Mujeres de Sevilla,
no las dejéis solas.