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Jesús del Gran Poder llevado triunfalmente a su nuevo templo. |
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Cuando mis compañeros de Junta me insinuaron la conveniencia de ser yo quien hiciera uso de la palabra, recordé cómo todos los años, en la estación penitencial del Viernes Santo, por imperativos de mis facultades tengo que ser el que dirigiéndome al capataz que rige la cuadrilla de costaleros, le ordene dé los toques precisos para que el paso del Señor rompa su estatismo y comience a renovar su obra redentora, ante la mirada emocionada de los sevillanos. Pues bien, en el día de hoy, me siento como ante el paso del Señor en la madrugada del Viernes Santo, y creo que al elevar mi voz ante vosotros, estoy ordenando, en cierto modo, que se dé la llamada que ha de promover la iniciación de una nueva era en la historia del culto y la devoción a esa imagen prodigiosa en la que, no ya los sevillanos sino todos los que se honran con el nombre de cristianos y gozan del privilegio de haberse postrado ante sus plantas, ven la más perfecta plasmación del Cristo paciente y Redentor. Un doble motivo justificaba mi presencia en este proscenio y mi intervención en este acto. Primero, no diré que el de la necesidad de presentar a quién ha de llevar sobre sus hombros la máxima carga, porque el Excmo. señor D. José Henández Díaz es más conocido que quien os dirige la palabra, por su amplia labor docente, sus numerosas manifestaciones vulgarizando esos conocimientos que sobre las producciones artísticas rebozan de su bien preparado intelecto y porque, en fin, es el máximo representante de la ciudad, e inútil, por lo tanto, sería, presentar a Sevilla a Sevilla misma. Pero, en tarea precursora, al menos, soy en este acto, un poco quien va abriendo los caminos de quien ha de deleitar vuestra presencia con sus lucidos conceptos y sus diáfanas afirmaciones; quien va anunciando a vuestra inquietud la próxima presencia del maestro anunciado que va a pronunciar la lección inaugural de un curso que comenzando en éste para todos memorable 23 de mayo de 1965. esperamos que termine en el mismo día en que suenen en los oídos de los siglos las trompetas que convoquen a los hombres a la revisión de sus actos. Hay un segundo motivo que me ayuda a estimar la conveniencia de que os dirija la palabra. Tal vez, muchos, no se hayan detenido a pensar, siquiera sea por un momento. sobre el porqué se ha erigido un nuevo Templo para los venerados titulares de nuestra Hermandad. e incluso, algunos han pensado han establecido un juicio peyorativo que, al cabo de los siglos, viene a recordarnos el juicio de los apóstoles, cuando la mujer que narra el Nuevo Testamento rompió el vaso de alabastro ante la presencia divina del Señor y enjugó sus plantas con esencia de nardos. Sin embargo, para los que enfocamos los acontecimientos con un criterio providencialista, no podemos menos de reconocer la presencia de los inescrutables designios del Señor en cada acto. en cada conversación tenida, en cada ladrillo puesto, en cada dificultad superada, hasta culminar en esa realidad que se ofrece palpablemente a todos los devotos del Señor del Gran Poder y que es su nuevo Templo. La Hermandad no ha olvidado nunca le descripción inexorable de sus Reglas, que le manda orientar su actividad toda, al mayor culto de Dios, prescripción que, por otra parte, es contenido medular en la ordenación de las cofradías y hermandades en todo el Derecho Canónico. Por ello, desde su fundación ha sentido la necesidad y ha procurado satisfacerla de dar culto a sus imágenes en lugares dignos, en relación con sus humanas fuerzas, y proporcionados a la cuantía de sus devotos. Largo y accidentado ha sido el caminar de los cofrades que nos han antecedido, impulsados por ese designio. Y así, desde su fundación, en el antiguo monasterio de San Benito, hoy Parroquia del mismo nombre, en el año del Señor de 1431, por aludir sólo a las estancias de la Hermandad en Capillas y Templos de su propiedad, pasa ésta en el año de 1544 a una capilla en el convento de Franciscanos del Valle. Posteriormente, entre otros traslados, labra otra Capilla en terrenos que adquirió en el Convento de Frailes de la Trinidad, donde no llega a asentarse. Después, adquiere sede definitiva hasta el actual momento, tras otras provisionales, en la que ocupa, también de su propiedad en la Parroquia de S. Lorenzo.
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Tengo que hacer aquí un obligado paréntesis para afirmar rotundamente ante toda Sevilla, que la Hermandad siente correr por sus venas, riadas de agradecimiento hacia esos muros hospitalarios del templo parroquias de San Lorenzo que, durante siglos ha sido el acogimiento de nuestras imágenes y la prolongación del hogar de nuestros Hermanos. La Parroquia y sus dignos titulares han sabido establecer vínculos tan estrechos que, ni la propia necesidad de local más amplio, culminada en el acuerdo y realización del nuevo templo, han podido romperlos, y por ello, diriase que éste ha tenido que alzarse a la sombra protectora de la iglesia parroquial. La capilla resultaba insuficiente siempre para la gran afluencia de devotos, lo que determina que el propio Excmo. Cabildo de la ciudad, conocedor de la estrechez, cediera a la Hermandad, gratuitamente, terrenos de la vía Pública para ampliación de su capilla propia de San Lorenzo, cesión a la que se llega mediante acuerdos capitulares de 6 de abril de 1712 y 14 de agosto de 1715. Aún son insuficientes estas ampliaciones y la Corporación sevillana, deseosa de servir al que se llama Cristo de Sevilla, el 21 de julio de 1895 cede nuevas parcelas del mismo origen, para agrandar la capilla, haciéndose constar en el oficio de la Alcaldía, que, entre otras razones, se hacía dicha cesión porque se reformaba ampliándola una capilla donde desde tiempo inmemorial se venera la imagen de Nuestro Señor, una de las que más devoción inspira al cristiano pueblo de Sevilla. Pero con todo ello, seguía comprendíendo la Hermandad que la Capilla resultaba angosta y por ello en 1901, trataba de adquirir la que fue iglesia del desaparecido Convento de monjas Mercedarias de la Asunción en la Plaza del Museo, ocupada entonces por un almacén de maderas y una capilla protestante, quedando rotas las negociaciones, sin resultado positivo alguno. Ya después comienza la Hermandad a orientar sus aspiraciones hacia el lugar en el que por fin ha logrado verlas plasmadas, y así, en 1930 entabla conversaciones para adquirir la casa de la Plaza de San Lorenzo en cuyo solar se alza el nuevo Templo, negociaciones que quiebran el advenimiento de la segunda república. Pasan los años de ésta, los de la Cruzada y los siguientes a la victoria, con su secuela de período de estabilización y reajuste y en abril de 1953 se piensa nuevamente en adquirir un solar en el que se erija un templo adecuado para las necesidades actuales de nuestras veneradas imágenes, acordando la Hermandad, en cabildo general el 15 del mismo mes año, facultar a la Junta de Gobierno para ello. En el 30 de agosto del siguiente año parece que se ha de resolver definitivamente el problema porque se le ofrecen a la Hermandad todos los terrenos que ocupaba el antiguo cuartel de San Hermenegildo, o sea, la casa que fue convento de la Compañía de Jesús, propósito del que por razones que no son de narrar por variadas y por no hacer al caso, se desiste en el año de 1956. Personalmente, quien os habla, cree que el proyecto no se logró por los mismos arcanos designios providenciales a que antes aludía. Desde un punto de vista económico y crematístico, no podía ofrecerse a la Hermandad operación más saneada que hubiera resuelto todos los problemas de tesorería, que ahora mismo la agobian, sin embargo, tampoco puede olvidarse que una Hermandad, sea la que sea, quizás no sea conveniente que disponga de un erario de cien mirones de pesetas que le hubiera acarreado, con toda seguridad, una flacidez espiritual, una atonía de inquietudes y preocupaciones que hubiera dado al traste con toda certeza, con todos sus valores. El 9 de julio de 1958 se aprobaba por la Hermandad en un abrumador cabildo general al que asistían 700 hermanos - la cifra más alta de toda nuestra historia -, con sólo menos de 80 votos en contra, la firma del derecho de opción de compra de la casa de la Plaza de San Lorenzo, cuya escritura definitiva se suscribía el 26 de septiembre del mismo año, comenzándose la ejecución de las obras, precisamente el Viernes, repito, el Viernes 13 de mayo de 1960. He repetido, a toda conciencia la designación del día de la semana en que se comenzaron las obras, porque ese día, Viernes, diríase que preside los fastos más resaltados de la historia de la Hermandad. El viernes es el día en que la devoción sevillana se vuelca en la Plaza de San Lorenzo para arrodillarse a las plantas del Divino Nazareno lucrando, al mismo tiempo, los beneficios espirituales que los Sumos Pontífices han concedido precisamente para ese día; por resumir, y aludiendo a los últimos tiempos y concretamente a la historia de la construcción del templo, diré que la escritura de compra del local se firmaba un viernes; el contrato con la empresa constructora, señalado en principio para su perfección un miércoles, se autorizaba en viernes por circunstancias fortuitas; que la cúpula del templo cuyo cierre estaba previsto para un jueves, por dificultades técnicas totalmente inesperadas para los peritos, se remataba un viernes y que, en fin, la firma de la escritura de la concesión del último préstamo autorizado por una entidad oficial, que había sido señalada para el día 20 del actual, ha sido firmada, por dilaciones y dificultades totalmente ajenas a nosotros, de última hora, el pasado día 21, viernes precisamente. El viernes, sí, día pasional rememorador de sacrificios coronados de triunfo, no otro día podía ser el estigma de esta obra en que la Hermandad se ha empeñado, pues muchas, más de lo que imaginaros podáis, han sido las dificultades sazonadas de desánimo. Solamente una voz que parecía decirnos como a los rudos pescadores de Galilea, ¡hombres de poca fe por qué teméis!, y que en este caso para mí, era la voz de Monseñor Cirarda y de un sacerdote a quien respeto, quiero y admiro, el virtuoso Párroco de la Magdalena, don Antonio Jurado Armario, que coincidiendo, me animaban expresándome que aquel sello de las obras del Señor era precisamente el que su camino estuviese sembrado de escollos, nos animaba y nos hacía seguir abrazándonos a la cruz y procurando seguir los pasos decididos del Redentor. No todo, han sido heces amargas en este caminar por los senderos de la dificultad, oleadas impetuosas de cálido v sincero agradecimiento pugnan por brotar a mi boca para dejar patente constancia de los nombres de aquéllos que, desde los merecidos puestos que ocupan han sabido tender una mano a nuestra poquedad y angustia y exteriorizar, al mismo tiempo, su amor al Señor del Gran Poder y su afán de cobijarse bajo el manto protector de la Señora del Mayor Dolor, facilitándonos el poder alcanzar la meta que hoy, con la ayuda de la providencia, que se ha valido de esos hombros tocamos con las manos. ¿Cómo ignorar en este acto el nombre esclarecido del cofrade ejemplar, que ,ya está en vuestras mentes, porque a Luis Ortiz Muñoz lo tenéis presente cada uno en el corazón y en el recuerdo? ¿Cómo no decir que si el día 27 de mayo del año en gracia de 1965 es posible que el Señor del Gran Poder pase a ocupar su nueva sede, es porque un hombre llamado Miguel Angel García Lomas, se ha entregado denodada y abnegadamente a la tarea de poner todos sus medios, amistades y recursos a la disposición incondicional de la Hermandad? ¿Cómo ocultar que si se pudo cerrar el convenio por el que el solar donde se ha edificado el nuevo templo pasaba a la propiedad de la hermandad fue porque una entidad bancaria facilitaba los medios económicos adecuados para ello? ¿Cómo silenciar, aún sabiendo que hiero su modestia, los nombres de los esclarecidos arquitectos, D. Alberto Balbontín de Orta y D. Antonio Delgado Roig que, desinteresadamente y con total inspiración y acierto, son los verdaderos artífices de la obra que próximamente veremos bendecir? Y así seguiríamos en toda una letanía de rendido agradecimiento mencionando autoridades y particulares ejemplares que con su esfuerzo y sacrificio y su desinterés han hecho llevadero y fructífero el trabajo del equipo de hombres que por la Gracia de Dios y la intercesión de su Santísima Madre, culmina en esa gozosa, realidad de un templo que, muestra excepcional de arquitectura moderna, constituye un lugar en el que al conjuro del puro son de esa campana que ha de ser llamada "Soledad" - Y que es perenne muestra del vínculo fraterno de dos hermandades, se rendirá, a no dudarlo, el culto adecuado y preciso al Señor Soberano de Sevilla. Muchas son las necesidades que en este afán ha atravesado la hermandad y muchas son las dificultades que la agobian. Bien es verdad que no por ello ha dejado de atender a aquellas obligaciones que a sí misma se ha iimpuesto, entre las que destaca el mantenimiento de su Bolsa de Caridad. Esta sección de la hermandad ha atravesado sus ejercicios económicos desde su fundación, en constante superación, hasta, en el último año, poder ofrecer unos datos, que, sin duda, son la admiración de cuantos los conocen. Tantos casos atendidos, tantas pesetas dadas, tantas visitas giradas son un doble saldo que permite afirmar contundentemente que la hermandad no llega a este nuevo y preciado jalón de su historia con las manos vacías. Pero si bien es cierto que en este aspecto no va con las manos vacías, no lo es menos también el que llega a él con sus fuerzas económicas exhaustas. Grandes obligaciones, en gran parte soportada personalmente por los miembros de la Junta de Gobierno, nos gravan en gran manera. Yo quiero en este acto, sin aludir nombres, pues infringiría un acuerdo de cabildo, expresar mi profundo reconocimiento a todos los miembros de las juntas de gobierno que he presidido que, en constante labor de equipo han desarrollado una tarea que, a no dudarlo, el Señor ha querido premiar con esta gozosa efemérides. Por otra parte, el templo se ofrece como realidad terminada en su conjunto pero con sus detalles adecuados solamente de manera provisional hasta que las circunstancias permitan terminarlos y perfeccionarlos con el rango y dignidad que el templo exige. Muchos de los devotos y hermanos del Señor no habrán podido, en unos casos por imposibilidad -, en otros por desconocimiento y en algunos también por indolencia, contribuir al remate de la obra. Yo quisiera que hoy mi voz fuera un aldabonazo potente e ineludible a la conciencia de todos los hermanos y devotos. Una pregunta voy a dejar flotando en las ondas para que las transmitan a las conciencias y a los corazones. Yo estoy seguro que la respuesta estará impregnada de generosidad y de obligado agradecimiento porque si Sevilla y los sevillanos son deudores del Señor por tantos favores como le han pedido y les ha concedido, si tantos de fuera tienen un saldo en rojo en su cuenta con el Señor, no podrán menos de tratar de cancelarlo cuando la oportunidad se les ofrece. Diariamente, el sacerdote, al consumir la Sangre Preciosísima de Cristo, se hace una pregunta que es la misma que yo os formulo: pregúntese Sevilla, pregúntense los sevillanos, pregúntense los devotos del Señor y dejen que su alma conteste a la interrogante, ¿qué retornaré al Señor por todos los bienes que me ha otorgado? Y ya termino, que os sé impacientes por escuchar las palabras pulidas de nuestro alcalde. Pero antes de abandonar esta tribuna permitidme que abra la efusión de mi corazón para dirigirme a esa prodigiosa imagen, que con mi fe presumo trasunto fidelísimo del llagado Redentor. Señor, yo sé que los muros del nuevo templo clamarán ante Tu proximidad que no son dignos de cobijarte; pero Tu sombra al proyectarse sobre ellos los ennoblecerá; Señor, Tú sabes de los afanes e inquietudes padecidas en estos años. Tú, estoy seguro, contemplarás el nuevo templo como una redonda y trabajada patena en el que se te han de ofrecer los sacrificios y sinsabores soportados; Tú moverás el corazón y el ánimo de todos para que ayuden a la Hermandad que honras con Tu Nombre a levantar las cargas y a conseguir que sus esfuerzos alcancen la finalidad que los ha movido de redundar en la Mayor gloria de Tu nombre y de Tu Santísima Madre y nuestra la Virgen María.
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