Historia de la Estación de Penitencia

Orígenes: entre el Jueves y el Viernes Santo

Historia de la PenitenciaLa primera cita que encontramos en la documentación de la Hermandad referente a la Estación de Penitencia, es lo que prescriben las Reglas de 1570, en las que la corporación torna de hermandad de luz a hermandad de sangre, aunque manteniendo diferenciados hermanos de luz y sangre. En su capítulo XX, prescriben que “desde ahora para siempre jamás que se haga disciplina general el Jueves de la Semana Santa a las tres de la tarde”.

Así pues, procesión de disciplinas que según se describe en el capítulo XXI, “ordenamos (…) que se lleve al principio de ella la campanilla de la cofradía (…) más veinte y cuatro niños de la doctrina con su cruz (…) un estandarte negro con su cruz colorada y le acompañen seis bastoneros (..) y luego se lleve un calvario con su cruz y al medio lleven un Cristo con su cruz a cuestas que se titule Jesús Nazareno del Gran Poder Santísimo y luego se saque la imagen de Nuestra Señora del Traspaso con San Juan y a la postre un Cristo Crucificado (…). Y asimismo vayan en la procesión dos trompetas que sean muy buenas y dos canastillas en que se coja la cera y las demandas que fueren necesarias (…) y han de ser obligados a andar cinco estaciones las que los alcaldes les pareciere con tal que sea la una la Iglesia Mayor…”.

Las túnicas eran blancas para los hermanos de sangre, y moradas, con capirote y cordón, para los de luz, “y en los pechos la insignia del Traspaso de Nuestra Señora”. No podemos pasar por alto como en esta Regla aparece, además de una imagen con la advocación del Gran Poder Santísimo, otras figuras que luego, a lo largo de los siglos, han ido manteniéndose con alguna variación: las trompetas, en recuerdo de las cuales forman hoy parte de los cortejos las llamadas bocinas; la bandera negra; las canastillas para recoger cera y demandas, origen del vocablo con que hoy en día designamos en nuestra hermandad a los diputados o celadores de tramos; y la estación a cinco iglesias, con tal que una sea la Iglesia Mayor (suponemos, aunque sin seguridad, que la Catedral).

Según parece, y puede deducirse del inventario de bienes de la Cofradía de 1618, los pasos en que se colocaban las Imágenes eran unas simples andas o parihuelas –sin patas o zancos-, que en el caso de la Virgen se califican de grandes. Tendrían únicamente el peso suficiente para ser soportadas por cuatro personas, utilizándose unas horquetas para el descanso de los portadores en las paradas, al apoyar en aquellas las maniguetas o varales. Con la inauguración de la capilla reformada en el convento del Valle, en 1582, la Estación de Penitencia se traslada del Jueves al Viernes tarde; en 1669, a la mañana de ese Viernes, volviendo al Jueves al menos desde 1716 y hasta 1777. En su interludio, cabe citar que en el año 1656 se menciona por primera vez la insignia del Senatus, “una banderola de terciopelo negro, nueva, con su lancilla, cordones y borlas y las cuatro letras S.P.Q.R. bordadas en oro, que dió este año José de la Cruz”, según consta en el entrego de bienes que el Mayordomo saliente, Melchor Ruiz de Castilla, hace al que le sustituye, Diego de Zúñiga. El Senatus se suprimiría en 1780 para volver a salir ya ininterumpidamente desde 1853.

Hermandad de Madrugada

Un hito fundamental sería el acuerdo en 1777 de realizar la estación de penitencia en la Madrugada del Viernes Santo, curiosamente forzada por las circunstancias y con cierta renuencia, “sin perjuicio de la posesión en que está la Hermandad de la salida del Jueves Santo en el lugar y antigüedad que tiene, para si en adelante, por algún acontecimiento quisiese volver a salir el Jueves Santo no le sirviera de inconveniente el solicitar como ahora la salida el Viernes”.

Trasladada a la Madrugada -lo que a lo largo de los años le valdría pleitos con las Hermandades de Jesús Nazareno (Silencio) en 1790, Carretería en 1792, y con la Hermandad de la Macarena en 1902, resuelto con la Concordia suscrita entre ambas corporaciones en 1903, que tan extraordinarios frutos ha dado hasta la fecha- no abandonaría ya este día como propio de su Estación de Penitencia, y durante muchos años, en que efectuaba su salida de la Parroquia de San Lorenzo a las dos de la madrugada, la apertura de las puertas de la misma con las dos campanadas del reloj han sido fuente de inspiración para numerosos literatos.

La creación del modelo actual de cofradía de ruan

Durante todos estos años no existiría uniformidad en la vestimenta de los disciplinantes, penitentes, o más modernamente nazarenos. No será hasta 1868 cuando el Cabildo de Salida, a instancias del Mayordomo sacerdote D. José Rafael de Góngora, acuerde “que todos los hermanos sin distinción vistieran túnicas, a excepción del director espiritual que llevaría traje talar y el Mayordomo del paso de la Virgen si fuese sacerdote”. Por último, en 1904 se acuerda cambiar el zapato de charol con hebilla, que hasta entonces calzaban los hermanos, por “sandalia hebrea”.

En cuanto a itinerarios, y ciñéndonos a su recorrido desde esa fecha de incorporación a la Madrugada ha ido sufriendo ciertas variaciones, derivadas fundamentalmente de normativas municipales, que imponían o prohibían ciertas calles, o de la organización de la propia Madrugada. De itinerarios antiguos por Placentines y Francos al Salvador, se pasó algunos años a la vuelta por el Arenal, Magdalena, O’Donell, Campana, Duque, Jesús del Gran Poder y San Lorenzo, algo impensable en nuestra masificada Semana Santa actual. Desde 1939 adopta el itinerario llamado tradicional en la memoria de tantos de nuestros hermanos: Alemanes, Argote de Molina a Francos, bajada por Chapineros a Álvarez Quintero, Plaza del Salvador, Cuna, Orfila y Amor de Dios hasta Delgado, continuando por Trajano, Conde de Barajas y Plaza de San Lorenzo. En los años cincuenta sufrió una pequeña modificación: al terminar la calle Orfila, se discurría por el Angostillo de San Andrés a la plaza de este mismo nombre y luego por Daoiz y García Tassara se bajaba a la calle Amor de Dios para retomar el itinerario anterior.

Como consecuencia del crecimiento del número de nazarenos en los años cincuenta y sesenta, comienzan a hacerse habituales los “parones”, que culminan en el colapso de la Madrugada de 1966, en la que al juntarse en la confluencia de las calles Orfila y Javier Lasso de la Vega la Cruz de Guía de la Hermandad del Silencio con el paso de palio de la Virgen de las Angustias, todo quedó detenido. La entrada en el templo de nuestra Cofradía, prevista a las 7:30, no se haría hasta las 9. A consecuencia de ello, en Cabildo General Extraordinario se acordó cambiar el itinerario de regreso a San Lorenzo estableciendo el actual. Citando a N.H.D. Rafael Duque, “se pensaba que, con éste, que indudablemente representaba un gran sacrificio para la Hermandad, el problema de la Madrugada quedaría resuelto, pero, desgraciadamente, no ha sido así. La Hermandad del Gran Poder, dejó, dando una muestra de buena voluntad, aquel camino de las calles del centro, lleno de sabor cofrade, por ese otro, que además de más largo, en alguno de sus tramos es frío, desconsolador y al que no acaba de acostumbrarse. Pero pese a ese sacrificio, poco se ha resuelto (…) La renuncia hecha y la buena voluntad demostrada por la Hermandad del Gran Poder, no sólo no ha tenido la correspondencia que en pro de la Madrugada se pensó, sino que incluso en algún punto de su regreso, tienen aún que sufrir la incomodidad del parón…”

En cualquier caso, y aún con estos inconvenientes, no cabe duda de que la Estación de Penitencia de nuestra Hermandad, acto corporativo que tiene por objeto acudir a la Santa Iglesia Catedral acompañando a las Sagradas Imágenes en oración, sacrifico y austeridad, uniéndose a Cristo paciente en expiación de los pecados propios y los de los todos los hombres procurando suplir la Pasión de Cristo con la propia pasión, según San Pablo, constituye uno de los momentos culminantes de la Semana Santa sevillana. La despedida del Señor antes de entrar, dando la cara a su pueblo en la incierta luz del amanecer, constituye para muchos sevillanos una de las experiencias más íntimamente bellas que puedan atesorar a lo largo del año.