Adolfo Rodríguez Jurado 1960

Y cuando, después, llega otro momento de peligro, aquél en que un intelectual, Descartes, que con una célebre afirmación, dígase lo que se quiera, la verdad es que puso la primera piedra del edificio de las escuelas racionalistas y, en definitiva, de la negación de Dios; cuando Descartes deslumbra al mundo con su célebre afirmación “Pienso luego existo”… se da la circunstancia de que en ese mismo año, en esos mismos días, en un taller sevillano, de las manos del insigne Juan de Mesa, sale la imagen del Señor del Gran Poder.

Y entonces yo pienso que Sevilla, con una filigrana propia de su estilo, le contesta a Descartes cambiándole una sola letra y diciendo: “Pienso, luego existe… el Señor del Gran Poder”. Porque sólo un Señor del Gran Poder es capaz de construir esta maravillosa fábrica del cerebro humano, productora del pensamiento; de donde resulta que ese pensamiento, origen de la duda cartesiana, es la prueba más evidente de la existencia del Señor del Gran Poder.
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Es la madrugada dramática el viernes Santo del año 1919. En los días que le precedieron circuló por Sevilla el rumor de que le iban a tirar una bomba al paso del Señor del Gran Poder. En aquellos días no era extraño que estallasen bombas en las calles de la ciudad. Los rumores aseguraban que existía el decidido propósito de destruir la imagen y que el atentado se realizaría en la Catedral. Grande fue la preocupación y la congoja con que los hermanos del Gran Poder fuimos aquella noche a la iglesia de San Lorenzo. Durante el trayecto fue aumentando nuestra preocupación, temiendo en cada esquina la realización del atentado. Conseguimos llegar a la Catedral. La presencia del Señor del Gran Poder en la Catedral de Sevilla, es uno de los momentos más emocionantes de la Semana Santa. Al ver avanzar majestuoso al Señor del Gran Poder, a altas horas de la madrugada, bajo aquellas inmensas bóvedas, en un silencio absoluto, sin público, sin espectadores, sin más presencia que la de dos filas de seres que parecen fantasmas, el ánimo se sobrecoge y, con las palabras del centurión uno dice: “Verdaderamente Éste es el Hijo de Dios”. Éste es el que el día en que yo muera es posible que me diga: apártate de Mí porque no has querido perdonar a tus deudores. Al verle avanzar majestuoso desfilando por delante de las capillas en que están enterradas las grandes figuras de la historia, uno se emociona, porque parece como si el Señor del Gran Poder, queriendo repetir el milagro de Lázaro saliera al encuentro de Cristóbal Colón, para premiar al genio; de Fernando III, para premiar la Santidad; de Alfonso X, la Sabiduría; y cuando agobiados con estas fuertes emociones salimos de la Catedral y nos dio en la cara el fresco de la madrugada y empezamos ya a respirar tranquilos diciendo gracias a Dios que no ha pasado nada… en aquel momento una bomba, puesta al pie de la Giralda, estalló, destrozándole alas piernas a un misionero del Corazón de María que se encontraba a poca distancia. En aquel instante la Guardia civil le formó el cuadro al paso del Señor, pero los nazarenos no se movieron de su sitio. Al pobre misionero lo colocaron en una silla llevándolo a pulso por la calle de Placentines hacia la casa de socorro. En el momento en que colocaban al herido sobre la silla, un hombre del pueblo se le acercó para prodigarle frases de consuelo y el misionero le contestó con unas palabras que merecen grabarse con letras de oro: “Mis piernas no importan, lo principal es que no le ha pasado nada al Señor del Gran Poder”.