Antonio Moreno Andrade 1992

Por eso necesito creer en Ti, Señor del Gran Poder, en tu mensaje cierto de esperanza; aferrarme a tu túnica con rabia y decirte que creo, que en Ti creo.

Que eres Dios poderoso, que eres mi fe y mi esperanza, que Tú eres el remedio, que Tú eres el mañana.

¡Cuantas lágrimas de Sevilla en tu mirada…! ¡Cuantas miradas prendidas en tus espinas…! ¡Cuantas espinas consoladas a tu paso…!

Y tu Poder, Señor, en tu mansa mirada.
En tu esfuerzo de Amor de Madrugada.
Y tu paso, sereno y decidido,
conforta cuando nace la Alborada.

Eres tú, Señor de mi Sevilla.
Gran Poder de todas mis miradas.
Llama de Amor, Poder que maravilla
cuando arrastras tu Cruz acariciada.

Miro tu cara sin piedad llagada.
Miro tu divina faz, y creo
que eres Dios; por eso espero
que junto con mi amor y mi pecado,
seas Tú, Gran Poder, ¡mi cirineo!

A ese poderoso y manso Dios nos acercamos con fe infinita, con fe absoluta y confiada.

En la Primavera de 1985, quien os habla se encontraba ante el Señor, cuando un incendio llenó de zozobra a quienes a su alrededor nos reuníamos. La dependencia donde los devotos encendían cientos de velas en su honor, era pasto de las llamas y los bomberos hubieron de sofocar el cada vez mayor fragor del fuego. Todo en aquella habitación quedó destruido. En el suelo ennegrecido, entre las pavesas humeantes, inmaculadamente preservada, aparecía la gran fotografía del Gran Poder que presidía la estancia. La misma que hoy santifica el lugar, que es para el pregonero escalofriante y permanente devocionario.

A mí no me lo han contado. Yo he visto, yo he sido atónito testigo, yo he tenido la dicha de asistir a un milagro de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder.