Antonio Rodríguez Buzón 1956

A continuación, percibiremos el caminar seguro y firmísimo del Cristo de Sevilla. De ese Cristo del Gran poder, que es Dios mismo que cruza nuestras calles cuando la ciudad entera se ha hecho ruta, borde y ladera, de ese divino caminar.

Porque para Ti, Cristo Bendito del Gran Poder, ya lo he dicho y vuelvo a repetirlo:

Toda Sevilla, Señor,
es borde de tu camino;
toda su luz, resplandor,
de tu farol encendido;
todo su aire, como el paso
de tu sublime martirio;
Todos sus balcones, jarras
cinceladas de platino;
toda su gracia, faldones
a tu sereno equilibrio;
todas sus calles y plazas
amargura sin sonido;
toda su sombra, la túnica
de tu cuerpo dolorido;
todo su mirar agujas,
bordándola de oro fino;
todas sus copas saetas
clavándose en tus oídos;
toda su voz, capataz
para alzarte con cariño;
todas sus flores, claveles
para cuajarte en los frisos;
todo vuelo, golondrina
para arrancar tus espinos;
todo recuerdo, oración;
todas las promesas, lirios;
todas las fuentes, de llantos;
todo el silencio delirio
y anónimo costalero,
la blanca flor del suspiro.
¡Quien vio cruzar al Gran Poder,
vio caminar a Dios mismo!

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Y que tengan por último la seguridad, y aquí finalizo, que si alguno de nosotros así no lo suplica y desea con todas las veras de su alma, será por aquella razón que en musical estrofa cantó una voz fuerte y segura, sobre el pentagrama confuso de una madrugada inolvidable, al cruzar por ella El Cristo de Sevilla:

Si alguien te alza la mano
o te ofende, Gran Poder,
te juro Dios Soberano
que ése no pudo nacer
bajo el cielo sevillano.