Carlos Colón Perales 1996

ADVIENTO

Y si el Adviento es sobre todo el tiempo en el que se recuerda a Israel esperando al Mesías, nosotros esperamos al Señor de los afligidos, los desposeídos, los sedientos de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los trabajadores por la paz y los defensores de causas justas. Porque reconocemos el Gran Poder de Dios en su capacidad para cargar con el dolor de todos, y compartirlo; y lo hacemos resplandecer en su túnica persa desde la víspera de la Nochebuena, sin que haya contradicción en ello. Vestimos de oro el lamento del justo aplastado por el poder del hombre, porque es el canto de júbilo de quien es rescatado por el poder de Dios. Por eso el brillo del oro de su túnica no toca la mirada del Gran Poder, que sigue siendo un salmo contra toda violencia, toda opresión y toda crueldad: “El inocente cae por la violencia de los perversos”, y piensa: Dios se ha olvidado. Pero Tú escuchas, Señor, los deseos de los humildes, y
les prestas oído, haciendo justicia al oprimido.

¡Que no vuelva a sembrar su terror el hombre!» , Señor de la gran bondad y de la gran mansedumbre, «que el verdugo no triunfe siempre sobre su víctima inocente». ¡Que no vuelva a sembrar su terror el hombre!, profanando dos veces tu nombre al decir que lo hace por ti, Señor del inagotable perdón y de la ilimitada ternura, que ordenaste envainar la espada que te defendió cuando te prendieron. ¡Que no lo vuelva a sembrar!, porque aquel que de cualquier forma maltrate a uno de tus hijos, Señor del Gran Poder, haya nacido bajo el cielo que haya nacido, es realmente quien te levanta la mano.

Allí, en San Lorenzo, cualquier día del quinario, un Simeón sevillano, heredero de aquel anciano al que le había sido prometido que no moriría sin ver al Mesías, dirá: «Ahora según tu palabra, dejas libre y en paz a tu siervo; porque han visto mis ojos a su Salvador, gloria de su pueblo Israel» . Y una vez más ésta será la ciudad santa, porque a la derecha del Señor, la gloria de su pueblo, está la Virgen del Traspaso, recordando que tras la bendición al Niño, el anciano se volvió a la Madre y le dijo: «en cuanto a ti, una espada te traspasará el corazón» …

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IN MANU EIUS

La Semana Santa que anuncio es la que empieza allí, el Domingo de Ramos, en el besamanos del Gran Poder. La que, justo en su inicio, deja las cosas en su sitio, identificando su rostro con el de este Señor en cuyas manos el Poder es compartir el sufrimiento de quienes más sufren y el Imperio, ordenar con la exigente ternura de su mirada que el amor lo remedie. Pura palabra de Dios, tal y como está escrita en el Evangelio, esculpida en madera por Juan de Mesa.

Está con las manos atadas, sin Cruz, más expuesto, menos fuerte, aguardando con humildad, baja la mirada, entregado. Los sevillanos avanzan hacia Él, sobrecogidos ya desde la plaza en la que la cola serpentea. Cuando entran en la Basílica los ojos se quedan fijos en la gran figura abatida que la preside, y sólo esa primera mirada compartida nos hace ya a todos uno en nuestro Padre. La fila avanza despacio, cada cual llevando su cruz invisible. El Señor las recibe, en cada beso, en cada mirada, y las guarda en sus manos fuertes para cargar con todas en la madrugada. Y después devolverlas bendecidas.

No vamos allí en busca de magias, ni de remedios, ni para que se nos facilite el duro oficio de vivir, sino a encontrar en su rostro oscuro el sentido de nuestro dolor, viendo en el suyo tanto sobrecogimiento humano, tanto consuelo divino.

Hay quien le mira a la cara por última vez en este mundo. Quien es alzado por sus padres, para verlo por vez primera. Quien no puede arrancar los ojos de los suyos, y tiene que ser empujado suavemente, y aún se va mirándolo, prendido. Quien le bendice por poder estar allí con quien estuvo a punto de perder, y quien rompe en llanto –pero sin dejar de bendecirle- porque ese año ya no va con él quien le acompañó el pasado.

Hay quien lo acaricia con ternura, cumpliendo ritos antiguos del Levítico que están en la masa de nuestra sangre, porque «el que toque la carne de la víctima expiatoria queda consagrado» . Cada mirada es una oración a este Gran Poder, tan carne nuestra y de los nuestros, tan metido en nuestras entrañas, tan unido a nuestras vidas desde antes de nuestra memoria más antigua, que sólo podemos decirle: «desde el seno me arrojaron a ti, desde el vientre materno tú eres mi Dios».

El Gran Poder cautivo, a veces, parece al límite de sus fuerzas, por cargar con tantos sufrimientos que se habrían perdido para siempre, polvo de huesos, si no los hubieran mirado sus ojos, enrojecidos e hinchados, emparpitaos, por llorar con nosotros hasta agotar las lágrimas. Y la fuerza de su gesto parece entonces querer romper el cíngulo para desatarse las manos, y abrazar, y sanar, y echarse otra vez al mundo al ver cómo su sacrificio no ha servido para impedir que en dos mil años no hayan cesado las matanzas de inocentes y «para que lo injusto no sea la última palabra» . Por eso este Señor, tan dulce, también inspira un pavor sagrado, y muchos no pueden sostenerle la mirada: su mansedumbre el la del cordero llevado al sacrificio, pero su reproche es el de Yahvé traicionado; porque Dios no es indiferente a los sufrimientos de los hombres, y no hemos entendido todavía, tanto tiempo después, ni aun contemplando sus imágenes, ni aun siendo mirados por la tristeza y la ternura de sus ojos, ni aun comiendo su carne y bebiendo su sangre, que nosotros somos los testigos de que su sacrificio no fue estéril, la prueba viva de que no es ni ciego ni sordo al dolor del ser humano; su amor actuando en el mundo. Que nosotros hemos de ser las manos del Gran Poder desatadas.