Carlos Herrera Crusset 2001

Señor, en tu inmenso Gran Poder, tal vez tu mano esté hastiada de encalar el firmamento, pero nosotros, Señor, somos el único error que nos podemos permitir, y nuestra estatura crece en el desastre. Los que aquí estamos, hijos de alguna resaca de plegarias, conocemos demasiado bien nuestras cicatrices. Toda primavera, Señor de Sevilla, cuenta con sembrados que fracasan, la luna tiene pedregales y el aljibe presuroso de las aguas de mayo acumula estiércol y gañanía. Lo sabemos. Pero el hombre merece un salario de esperanzas. Aquí tienes nuestras manos, vueltas sus palmas hacia el cielo, mustias como campanarios abandonados, tremulantes, como mis palabras suplicantes al aire de San Lorenzo, temiendo contagiar la penumbra o la pesadumbre. Mis manos y
estas manos son las manos de tus hijos. Son las manos de los que mueren. No las de los que matan. Son manos pacientes. Manos de sangre sevillana. Danos, Señor del Gran Poder, el soplo de esperanza que deja en el viento tu andar cansino hacia el Calvario.
 
Ten mi llanto sujeto y altanero
y el despertar sereno de mi aurora
mi mano temblorosa y ten ahora
Este amor desmedido y pregonero.

Y de mi boca el rezo del sosiego
de mi ayer, porvenir de mis regresos
de mis labios, perfil de algunos besos
Y ten mi devoción por si la quieres luego.

Cruzo y recruzo, amor, para ir contigo
Con este soplo de Fe y de amanecer
Ve la sangre de mis labios cuando digo
¡Salva siempre a Sevilla, Señor del Gran Poder!