Eduardo del Rey Tirado 1999

La fe de nuestros mayores no es una fe vieja por sus muchos siglos. Es fe antigua y renovada por cada uno en su aceptación personal diaria. Y cuando todo un pueblo se arracima en un lugar común para llorar o dar gracias; cuando en el mayor de los desiertos acude a ese sitio sabiendo que aunque parezca hasta pozo seco dará agua…Cuando esto sucede en Sevilla, todos pensamos en su Talón.

Porque por toda la palma abierta que es el plano de Sevilla están las huellas del Señor del Gran Poder, el Dios de nuestros padres y el de los padres de nuestros padres. Sevilla encuentra en Él la representación perfecta del Dios total, uno y trino: el Rostro del Padre, la Zancada del Hijo y, en sus Manos, la fuerza del Espíritu Santo.

Su Rostro, el de Dios Padre, con la ternura y la impaciencia del padre del hijo pródigo, al que casi se le saltan las lágrimas cuando nos ve subir la escalinata de su besamanos, o entremezclados en el bullicio de la Madrugada. Rostro amable y dulce como el horizonte de la ciudad. Pero rostro también de las grietas de Sevilla, desconchado como los ladrillos de la fachada del Hospital de los Viejos, abandonado como tantos ancianos que “estorban”.

Sus Manos, las de Dios Espíritu Santo, porque en ellas está “el poder y el imperio”, que por cetro tiene la Cruz. Manos que nos injertaron en Él, y que nos ofrecen los dones de su Espíritu: la Sabiduría y el Entendimiento; su Consejo, su Fortaleza y su Ciencia. Y la Piedad y el santo temor de Dios que no es sino venerar como veneramos al Señor.

Y en su Zancada, la de Dios Hijo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Una zancada que alcanza desde el Tardón a Bellavista. Zancada que lucha, que cae, que llora, que tiene hambre. Zancada que nos apremia a no permanecer ambiguos ante la vida, “políticamente correctos” frente a la injusticia, y que nos impele a dar el paso firme que nos encarne en la realidad de los hombres.

El Señor del Gran Poder, por su Rostro, sus Manos y su Zancada, es el Dios total que sale a nuestro encuentro. Y la Sevilla sola, la de los malos tratos, la parada, la que se droga, o la herida por tantas cosas, se asoma, se abraza, se agarra como la hemorroísa en medio de la muchedumbre que rodea a la cofradía. Porque sabemos que aunque nos abandonara el cariño de la familia, de los padres, de los esposos o los hijos; aunque nos abandone el trabajo, la suerte o hasta la salud, cada sevillano sabe que el Señor del Gran Poder “no me ha dejado” ni se olvidará jamás.

Y como Sevilla lleva grabada en su alma la fuerza de su Talón, pedimos: que la gracia de nuestro Señor del Gran Poder en su bendita Zancada, el amor del Padre en su Rostro desconchado y la comunión del Espíritu Santo en la fuerza de sus Manos, esté por siempre con este pueblo. Porque la Sevilla herida se hizo carne y Gran Poder entre nosotros.