Enrique Esquivias de la Cruz 2007

La Plaza marca el ritmo de la vida del barrio, en el centro dos palmeras y a su alrededor dieciocho plataneros majestuosos. Son la guardia de respeto que la protege durante todo el año. En verano forman un tupido manto que provoca un halo de frescura incluso a las horas centrales del día. En otoño cubren el suelo de un alfombrado cobrizo, queriéndolo resguardar de los fríos y las lluvias que se avecinan, porque saben que cuando florezca la Primavera Su Señor tendrá que pisar por allí. Junto a la parroquia, en el rincón sin salida, una puerta con un escudo. Hace un rato que dejamos el Teatro y tampoco es ya Domingo de Pregón, es Viernes, cualquier viernes del año. Si ponéis atención, los veréis entrando por esa puerta. A primera hora de la mañana, recién abierto el cancel, algunos hombres bien trajeados aguardaban impacientes. Llevan prisa, apenas se detienen un momento porque se les hace tarde. Poco después aparecen los estudiantes con sus libros debajo del brazo, agotando el último recurso que les queda para sacar el examen que les ha dejado sin dormir. Más tarde, a media mañana, serán mujeres con sus carros de la compra, sin tanta prisa, recreándose en el rito no escrito que llevan grabado en las entrañas. También vendrán parejas de jóvenes, beatas de diario, hombres de corazón duro, moviendo montañas o en plena crisis de Fe, ricos, pobres, humildes, nobles, curtidos en mil batallas o empezando a vivir, cultos, ignorantes, famosos, anónimos, del todo Sevilla y de toda Sevilla. Antes incluso de traspasar el umbral divisan al fondo una silueta enmarcada en un camarín con forma de concha. Vosotros también la podéis ver, verdad, no tenéis más que cerrar los ojos por un instante, también la tenéis grabada, una cabeza con tres potencias ligeramente inclinada a vuestra izquierda, formando ángulo con el remate de la cruz hacia arriba y una túnica abriéndose tenuemente en la caída. Sí, es la misma silueta que habéis visto tantas veces, en cientos de azulejos repartidos por toda la ciudad, enmarcada en plata en las casas señoriales del centro, en el cuadrito con flores de plástico de la entrada de los pisos del Polígono, encima de las máquinas de café de los bares del Fontanal y La Barzola, en el descansillo de las escaleras de comunidad de Pino Montano y Amate, en las oficinas de Nervión y Los Remedios, en los comercios de Rochelambert y Miraflores, en las cabeceras de los enfermos, en los pasillos de los hospitales, en las lápidas de la última morada, colgada de tantos cuellos, prendida de tantas solapas; es la Silueta de miles de hombres y mujeres que la grabaron con lágrimas de oración, de duda, de alegría, de tristeza, de abatimiento, de entrega, de agradecimiento. Qué me perdone el NO8DO, esa silueta es el símbolo de Sevilla.

Pero pasamos al interior con todos ellos y poco a poco vamos distinguiendo Su figura. La mirada baja, parece absorta en algún misterio demasiado insondable para nosotros, sin embargo, tenemos la certeza de que ha notado nuestra presencia. Camina con paso firme arrastrando la cruz, pero permanece en su sitio. Subimos al Camarín siguiendo la inercia. Algunos pasan con prontitud, casi mecánicamente, con la familiaridad que dan los años haciendo lo mismo, besan el talón, tocan la cruz y se marchan. Otros se quedan contemplando al que les da la espalda y sin embargo escucha su oración. Cuántas angustias, cuántas alegrías, cuántas penas y cuántas dudas encierra el mármol rojo de ese Camarín.

“Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme” (Lc. 23, 28), así Te debía susurrar aquella mujer, a la que involuntariamente sorprendí pasando por Tu Talón un sobre cerrado con el anagrama del SAS, así deben pensar quienes dejan las fotos que aparecen bajo Tu peana cada vez que se mueve, o las súplicas escritas en papelitos doblados. “Señor, no merezco molestarte, pero sólo tu cercanía será suficiente”, debían creer las mujeres que se ganaban la vida en la Alameda y le rezaban al azulejo de la plaza porque no se atrevían a entrar en la Iglesia, pobres ignorantes de que Tu sitio está en la mesa de los pecadores. ¡Quién me ha tocado!, preguntaste cuando la mujer de las hemorragias acarició por detrás Tu Manto (Lucas 8 42-45). ¡Quién me ha tocado!, volviste a preguntar cuando otra mujer acarició por detrás el faldón de tu paso una Madrugada, pidiéndote por la salud de su Hija.

Qué ilusos fuimos, Señor, queriendo usar criterios científicos para curarte. Si Tu Rostro lo han formando cuatro siglos de sufrimiento de una ciudad que se ha hecho a ti como el hierro a la fragua. Tú llevas Sevilla en la Mirada vidriosa, en la sierpe que se te enrosca y se Te clava, en el mechón que Te resbala por la Mejilla, en la espina que traspasa Tu ceja, en la que Te hiere el lóbulo, en Tu boca jadeante, en las Manos que acarician la Cruz, en el paso al frente que llevas dando cuatro siglos en nombre de todos nosotros. No es cierto, no fue el humo, ni el incienso, ni el frío de una noche al año, a Tu Rostro lo ennegrecieron las epidemias del XVII, las invasiones del XVIII, las revoluciones del XIX, la Guerra del XX; de tanto mirarte, los sevillanos te han gastado y de tus labios no ha salido ni una palabra de queja. Qué iluso fuimos, Señor, queriendo cambiarte la Cruz por una menos pesada, porque Te hacía daño. Si tu Cruz está hecha del dolor de los hospitales, de las ausencias de la carretera, de las jeringuillas de heroína, de la violencia de los hogares, de las soledades del final de la vida, de las chabolas que siguen existiendo, de los que buscan la tierra prometida y encuentran la tumba en el mar, de las vidas que se truncan antes de nacer. Qué ilusos son los que esperan que hoy hable de la experiencia de haberte curado, si Tú y yo sabemos, Señor, que nunca te he sentido tanto como los años que fui Diputado de Tu Bolsa de Caridad, los que me permitieron hablar contigo, escuchar tus lamentos y poder ayudarte a cargar con la cruz, cada vez que lo hacía con uno de Tus hermanos y así me lo recordabas a última hora del día, cuando subía a Tu Camarín y me quedaba a solas contigo. Allí aprendí, Señor, que el Culto no necesita justificación pero no hay mejor forma de quererte que haciéndolo con nuestros semejantes. En Tus Manos El Poder y la Gloria, en las nuestras salir a tu encuentro. El que crea en Ti, que tome su Cruz y Te siga.

Señor, yo nunca sabré decirte cosas hermosas, yo sólo sé quererte y seguirte, y con eso y nada más que con eso, hoy me puse delante de toda Sevilla para pregonar Tu Semana Santa.

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Mi Virgen es pequeña, delicada, de rostro suave. El Discípulo le habla pero Ella no le escucha, está demasiado pendiente del momento que tendrá que salir detrás de Su Hijo. Pasará toda la noche siguiendo los pasos del fruto de su Vientre, desapercibida una Madrugada más, como lo está todo el año, cumpliendo con Su Evangélico papel secundario. Pero siempre estará, en la Madrugada, acogiendo con Su Manto las almas de los que Lo vieron pasar caminando y no pudieron seguirle; durante el año en su Camarín, al que siempre podremos acudir, desviando la mirada, cuando no nos atrevamos a mirarlo de frente, porque le hayamos ofendido otra vez. Es mi Virgen del Mayor Dolor, la más discreta, la que siempre ha estado con los Suyos desde el lejano
día que se fundó la Hermandad del Traspaso en torno a Ella, la que siempre nos acompañó en la Estación de Penitencia.

¡Mujeres de Jerusalén!, no lloréis por mí, hacedlo por mi Madre y no la dejéis sola (Lc. 23, 28). Un día pasa, una Madrugada llega y tres palios de cajón. Mujeres de Sevilla, no las dejéis solas.