Francisco José Vázquez Perea 2003

Así lo vive y entiende esa Sevilla numerosa y real que es la que construye la ciudad a cada día y se postra ante el único Señor a quien reconoce grandeza.

En la sublime figura del Gran Poder, todo es invitación y ánimo a seguir adelante. Nos cogemos de su mano porque sabemos de su omnipotencia divina que cura las heridas humanas, creciéndonos con El y en El. Habría que escudriñar dentro de cada sevillano para conocer de veras al Gran Poder. Su gesto lo acabó de tallar Sevilla, lapidando su policromía original, con la huella de tragedia que le dejaron, al aprender a caminar por la vida, tantos que llegaron a la madurez solo después de recibir su animosa lección de fuerza.

Habrá a quienes esta fe le parezca algo caduco. Pero de ella sólo vemos salir vigor y fortaleza emprendedora, aspiración a lo alto, porvenir y futuro. ¿Sería mejor Sevilla si no tuviera el Gran Poder para afrontar el reto de caminar decididamente hacia delante, sin excusas? ¿Sería mejor Sevilla sin las cofradías? ¿Es sobre el sitio de las tradiciones donde se debe construir el edificio de la prosperidad que nos falte? ¿Hacia donde avanzaría entonces la ciudad, negándose a sí misma?

Fácil es de comprobarse, en su camarín. Allí está su talón gastado, con las vetas al aire dejando asomar la madera de aquel tiempo lejano en que su efigie dormía sin tallar dentro del árbol. Sin saberlo más que el cielo, sin besarlo más que los pájaros. Tiempo de calma que nos transmite cuando hoy besamos nosotros ese talón: arriba su figura agigantada, abajo nuestros ojos jugando -a ras de su pisada- a convertirnos en piedras de su calle de la Amargura. Así, como en los versos de León Felipe: “Así es mi vida / piedra, / como tú; como tú, / piedra pequeña; / como tú, / canto que ruedas / por las veredas, guijarro humilde…”

Unos escalones más abajo, nos encontramos en el Sagrario el cofre de su corazón, bombeando vida, en íntimos latidos. Y a unos pasos, colgada del muro, su vieja Cruz de tantas madrugadas, al alcance de nuestro abrazo, para fundir el sufrimiento que nos abruma con el suyo.

Por eso en la Madrugada no es que se eche a andar el Gran Poder. Es que detrás se lleva a Sevilla. Un verdadero éxodo de esparto y ruán le precede. Un Mar Rojo se abre a su Cruz de Guía. Trae la autoridad de Yahvé guiando a su pueblo. Pisa la calle y alrededor de su divina planta se forma, como cuando pisamos arena mojada, un devoto cerco de respeto.

Podrá doler su Cruz y su martirio, su espalda menguada, su cintura rota. Pero sus pies, su zancada nunca la veremos doblegarse ni desfallecer. Esta es la mayor grandeza en que Sevilla humildemente se reconoce. Por eso nadie en quien confiar nuestros humanos esfuerzos en pos de la prosperidad como en este Dios de la urgente carga. Por eso nada mejor que seguirte el paso, que caminar a tu vera, como lo hace Sevilla, Señor, cuando te declara:

Ahora se por qué te creo.

Porque tu amor es tan cierto
como cierta es tu zancada,
que nos lleva a San Lorenzo.

Porque se agarra a lo nuestro
la firmeza de tu planta.
Tú caminas el primero
por tu senda de esperanza.
Dios que se hace sendero,
no solo Dios de palabras
sino de pies en el suelo.

Ahora se por qué te quiero
¡Camino tan verdadero
hacia una dulce morada!

Ahora se por qué es mi alma
Gran Poder, tu cirineo.