Francisco Moreno Galvache 1959

Y paralelo a ese Silencio, el otro, el magno, silencio terrible del Gran Poder. “Se desemboca, con él, en el mar del silencio”. Parece que Fray Luis lo escribió para el Gran Poder. Nazareno justiciero, más que consolador. Cuando sale, todo pecho es altar. Ni una sola luz. Casi ni una sola oración, porque cada uno está inmolándole su propia reparación. Anda, más que por entre los naranjos, por dentro de cada hombre. Todo Él, como el soneto cervantino aquel “de la boca se despiden flores”.

Gran Poder de los Novísimos: muerte, juicio, infierno, gloria. Con Él, las reliquias de Diego de Cádiz, la bandera pontificia, la sierpe en la corona, los instrumentos pasionistas de la Cruz de Guía. Va como lleno de la Secuencia de difuntos: “Yo soy aquello por lo que todo hombre será juzgado”. Todo el rumor del mundo se hace asombro ante su efigie. ¡Claro que sí, que da que pensar el Gran Poder! Por eso el pueblo, que lo sabe, se pasa el año sumando en su haber “todos los viernes de visitas” expiatorios. Procesión de la suma veracidad, del cara a cara con Cristo: entre el negro de sus túnicas, por entre la cera que lo cubre, por el frío tejaroz de su San Lorenzo, por la vía de la inefabilidad que lo envuelve, hacia sus manos tremolantes y abiertas, saltará la noche buscándolo :

Dorada a fuego, Señor,
está tu muerta madera.
Es como sangre la cera
nazarena de tu Amor.
Gubias de llanto y dolor
cincelaron tu figura.
Tus manos queman la dura
penitencia del madero.
¡Todo tu cuerpo es enero,
siendo primavera pura!

Tu paso la plaza pisa
con frío recogimiento.
Se torna en áspero viento
la levedad de la brisa.
Cada pecho es una misa,
donde se quema tu Ser.
Casi no puedes tener
en pie tu carne afligida.
¡Pasas sin fuerza ni vida,
siendo el Divino Poder!