Ignacio Montaño Jiménez 1997

Y el mismo corazón de Sevilla, desde el sentimiento de tanta devoción, espera al Gran Poder.

Salen de la Basílica las sombras, se repiten los altos testigos en la cal de San Lorenzo; parece como si nunca fuera a salir ese Dios de la túnica lisa.

Y antes de comulgar con esta Hostia de pan moreno, con esta Sangre de Dios coagulada, los labios mastican la oración más profunda, el padrenuestro más encarnado ante la cercanía de un Dios tan de los nuestros y tan poderoso.

Pan moreno, pan de pobres, aquel pan que saciaba el hambre de la gente humilde, el pan del pueblo, el pan del Dios de los que no tienen pan.

Presencia de Dios en cada
voluntad y pensamiento,
y camino y alimento
sobre el fiel de una zancada.
Viático en la madrugada
por un sendero de luz.
Anochece en Emaús
cuando mi corazón llega
y el morado de tu entrega
tarda por los dos mi cruz.

Pan de pobres, pan moreno
para comulgar con hambre,
sobre la humana raigambre
de tu perfil nazareno.
Y junto al cáliz más lleno
llanto de gente sencilla,
de la fe que se arrodilla
con la emoción del momento
cambia en arrepentimiento
el pecado de Sevilla.

Pan moreno que se almena
con la espina de la frente
y custodia penitente
en la madrugada plena.
Ante esa limpia patena
toda Sevilla se asombre
Y comulgue con el nombre
que es plenitud de tu ser
¡Que bien puesto Gran Poder
al mismo Dios hecho hombre!