José Luis Garrido García-Bustamante 1990

La Madrugada enmudece cuando por las calles de la ciudad transita el paso del Señor.

Puede confesaros el pregonero que le agrada mucho vivir donde vive, a un tiro de piedra de su Basílica.

El pregonero es vecino del Gran Poder.

Muchos, en el barrio, y el pregonero con frecuencia también, a El hacen la primera visita del día y le rinden cuentas cuando finaliza la jornada.

El pregonero nació predestinado para ser nazareno del Gran Poder y tiene a gala hoy, como si del más codiciado título nobiliario se tratara, haber alcanzado un número tan bajo en la Hermandad que le permitiría hacer la estación penitencial muy cerca del paso.

Pero nunca salió en la cofradía porque sus pisadas nazarenas siempre tuvieron como destino El Calvario.

El Gran Poder era la Cofradía de la madre. El Calvario, la del padre. La voz cantarina y querida de la viejecita santa lo llamaba cariñosamente Granpodé bendito y, arrodillada ante El, clavaba en el rostro atormentado del Señor largas miradas de incontenible arrobo.

Por eso, cuando en la cama blanca de un hospital, se aproximó la hora de su partida, puso ante el brillo escaso de su penúltima mirada el primer plano impresionante del rostro reproducido a color en una de sus convocatorias y con esta efigie venerada prendida para siempre en sus retinas, recibió la Extremaunción y entró en el estado de coma del que jamás habría de salir.

El pregonero lleva siempre al Gran Poder tan impregnado en su corazón como quedara en los ojos vidriados de la madre del alma que se moría en la cama de un hospital.

Y no es el pregonero nazareno del Gran Poder. Pero sí ha tenido el privilegio de llevarlo sobre sus hombros presidiendo el Vía Crucis. Y sabe lo que es la ciudad echada a la calle para presenciar su tránsito. Sabe de su devoción incontenible que es la misma de la que le dio el ser. Sabe de su fervor. Sabe de no necesitar antifaz para pasar inadvertido porque todas las miradas convergen en el doliente rostro amoratado. Sabe más: sabe que muchas manos rozaron con unción la suya entrelazada en trono al soporte de las andas. Y que luego fueron llevadas a la boca para besarlas como si del Besapié en su Capilla se tratara.

Y el pregonero llegó a querer que le cortaran esa mano para suplir con ella el talón del Señor gastado por los besos de devoción y de amor de todo el pueblo de Sevilla.