José Luis Gómez de la Torre 1976

Cuando han sonado los acordes graves, solemnes, inspiradores de vivos sentimientos de la marcha “Ione”, he revivido, con intensidad honda, uno de los momentos más exaltados, más llenos de emociones de mis vivencias cofrades.

Era el 27 de Mayo de 1965. El Nazareno de Sevilla que había de entrar en la noche de aquel día en el nuevo Templo que se erigió, redondo como una patena, para ofrecer en él, por toda Sevilla, la Víctima inmaculada al Padre, llegaba a la Plaza Nueva, portado sobre los pies suavemente “racheantes” de sus costaleros, que lo levaban con delicadeza tanta que diríase que el paso avanzaba al soplo leve de una brisa.

La marcha “Ione” se oía, mezclada al aire primaveral de Sevilla, mientras oraciones, entrañables y sentidas, se dirigían al Señor. Yo que viví aquel momento, por favor providencial, muy próximo a la Imagen bendita, no ha podido menos de rememorarlo y una ola intensamente emotiva me ha trasladado, idealmente, a él; y ha hecho brotar de mi corazón una plegaria profunda, sincera, estremecida…(…)

¡Señor! Como un grito nacido de lo más profundo de mi ser, sabiendo que, porque estamos aquí reunidos en Tu Nombre, Tú estás entre nosotros, seguro que lo que se pide al Padre es siempre concedido; no por mí, Señor, sino por esa Sevilla y por estos cofrades, con profundo temor y con firme esperanza, tengo que exclamar: ¡Señor, abre mis labios y mi boca anunciará Tu alabanza! Por mediación de Tu Madre, María Santísima del Mayor dolor y Traspaso, ¡León fuerte de Judá, Varón atormentado de dolores, Siervo escarnecido de Yahvé, Cristo del Gran Poder, date prisa en socorrerme!