José María Javierre Orta 1993

Me ocurrió a pocos años de vivir en Sevilla. Un amigo mío, hijo de cierto luchador sindicalista importante de los años de la República, vino a verme:

-Mi padre sabe que somos amigos, quiere verte; está moribundo. Su padre, líder obrero de calidad, luchó cuando era joven y soportó las derrotas. Encarcelado, huido, exiliado; de nuevo a la cárcel. Un largo calvario. Recuperó la libertad ya gastado, vencido.

-No pienses que va a pedirte los sacramentos, pero quiere hablar contigo.

Moribundo, lo encontré. Apenas podía hablar. Lo acompañé un rato, le apreté la mano. Hizo un esfuerzo:

-Padre, coja usted la cartera esa de la mesilla.

Tomé la carterita.

-Ábrala, por favor.

Abrí, la carterita; sin dineros ya ni papeles, tenía con el carnet de identidad una estampa de Jesús del Gran Poder: consumida, sucia, absolutamente gastada, casi no se reconocía la imagen de tan deteriorada. La besé. Quiso él besarla:

-Padre, yo hace tantos años, muchos años que no piso una iglesia; tengo fe, siempre la tuve; pero caí del lado obrero y luché por los míos; he estado al otro lado, en oposición con la Iglesia… Le apreté la mano, yo conocía su historia. Siguió, jadeante:

-Desde los años treinta viví alejado de prácticas religiosas, ni pisar una iglesia…Pero esa estampita de mi Cristo del Gran Poder ha venido siempre conmigo, toda la vida, en mi cartera; en Francia y en la cárcel, en mi casa, siempre la he puesto a mi lado antes de dormirme. Ahora que me voy a morir, quiero pedirle a usted un favor…

A punto de lágrimas, que podía yo hacer más que apretarle la mano:

-Lo que usted me pida.

Repitió:

-Ahora que me voy a morir… Yo le tengo prometido a mi Jesús del Gran Poder que cuando fuera a morirme iría a verlo, le haría una visita para rezar un padrenuestro y decirle que me espere, que ya voy para allá… No puedo hacer la visita, a usted le pido si quiere ir a rezarle mi padrenuestro; y dígale al Señor que ya voy, que me espere…

Os juro que camino de la placita de San Lorenzo atravesé las calles de Sevilla como irían los antiguos cristianos de Roma llevando desde las catacumbas la Eucaristía a los mártires de la cárcel Mamertina. Aquella tarde comprendí del todo por qué nuestro hermano Jesús del Gran Poder tiene título de Padre nuestro y Señor de Sevilla. Los viajeros lo ven como una pieza cumbre de la imaginería sevillana, labrada en cedro por Juan de Mesa, primer tercio del siglo XVII, hermosa imagen con nombre hermoso. Para nosotros, en ese rostro del Señor Jesús va un dolor infinito, el dolor suyo y nuestro, un dolor que ha llegado a la orilla de las resistencias cuando estamos anegados en tormentos por encima de nuestras fuerzas: Él “puede” con los maderos de nuestras cruces, apoya suavemente la suya en el hombro, camina con todo el peso que le carguemos, está irremediablemente doblado, le pesan nuestros pecados, nuestros fallos: viene de Getsemaní, “y en las manos de fiebre su madero” (Rafael Laffón); es un Jesús que no ha despertado de la pesadilla de la noche del huerto, camina alucinado; le llamamos del Gran Poder y no hay en el mundo hombre más desamparado; mantiene airoso el paso aunque lleva a cuestas nuestros dramas de inocentes que sufren, niños, tullidos, flores de vida pisoteadas, nieve sucia, preguntas sin respuesta, amores enturbiados, por qué, Señor, por qué ocurren los misterios de dolor… Entregué mi mensaje:

– Tu amigo está moribundo, Padre Nuestro Jesús Señor del Gran Poder, Señor de Sevilla; tu viejo amigo está moribundo; no puede venir a verte; te traigo un encargo: Que ya va, que salgas a recibirle, que le acojas…