Juan Carlos Heras Sánchez 1998

Acabó el Jueves Santo. El golpe del martillo resuena en la plaza. La llamada se propaga a la ciudad entera y se transmite la noticia: “Ya está el Señor en la calle”. Y sabiendo cuánto le esperan, el Señor se entrega a Sevilla, y ésta lo lleva sobres sus hombros y le otorga la larga zancada poderosa y el milagro del movimiento pendular –humano- de su túnica. Mis retinas siempre guardarán los dos Vía Crucis en que le acompañé. Las caras de aquellas personas que mezclaban las lagrimas con el rezo, que elevaban las manos para tocar las andas del Señor; y si no llegaban, tocaban a quienes lo llevaban, como si algo de su bondad y de su Poder se les hubiera contagiado. En la Madrugada del Viernes Santo, Él viene a Sevilla, y ésta
jamás falta ni faltará a la cita consumada en sus calles entre sobrecogido y respetuoso silencio. A la luz de sus faroles irá recogiendo las súplicas de su pueblo, al que cada golpe de martillo le sonará a llamada al arrepentimiento. Cuando el Señor se aleje habrá quedado flotando una estela de sobrecogimiento y el estupor de las grandes conmociones del alma. En la carrera se ha guardado respetuoso silencio, durante el paso de los nazarenos negros. El bello rostro de la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso, en su diálogo con Juan Evangelista, entronizados en ese paradigma de la belleza clásica que es su paso de palio, cierra el cortejo: Dolor y Traspaso, buen nombre para la Madre que va tras su hijo, oyendo confesiones, abrazando arrepentimientos, animando siempre a seguir la estela del barco morado y oro.

Esto es lo que yo presiento, porque no puedo verlo. Por eso ante tus ojos en determinadas noches privilegiadas ante tus plantas me arrodillo y en la soledad de tu Casa te rezo diciendo:

Déjame Señor, que hunda todos mis malos recuerdos
en el lago oculto de las llagas de tu cuerpo.
Déjame, Señor, que recline mis ojos con sus frías
miradas en tus manos dolosas, para no quedar ciego.
Déjame, Señor, que descanse mi boca con sus agrias
palabras en tus pies desvestidos que injustamente beso.
Déjame, Señor, que te entregue esta sangre que rueda
por mi cuerpo sin posible consuelo,
hasta otorgarme el perdón que por mí no merezco,
y sólo por tu misericordia alcanzo;
por el Gran Poder de Dios que yo de rodillas acepto.