Juan Foronda Blasco 1995

Pero “soy un gusano, ya no soy un hombre, vergüenza para la gente, oprobio para el pueblo”, así lo profetizó Isaías y así veremos al Señor del Gran Poder cuando abandone su Basílica de la Plaza de San Lorenzo y sacando fuerzas de flaqueza, lo haga a grandes zancadas, mientras los filos de su Túnica Sagrada van arrasando la mala hierba que cayó sobre el suelo sevillano, limpiándolo con el rocío de su redentora Sangre.

¡Qué lejana está la mirada del Señor! Parece descubrir el horizonte cercano de la muerte, y hacia ella caminará en la más desoladora soledad. El sudor y la sangre seca turban su bendita Faz.

Y Sevilla le llama, ¡GRAN PODER!, Sevilla le dice, ¡Señor! ¡Señor del Gran Poder! ¡Señor Nuestro!

Era una tarde serena
de un señero Lunes Santo,
cuando mi ojos estaban
frente a los tuyos clavados.

De rodillas, muy cerquita
de Ti, Padre tan amado,
me estremecía Tu Poder,
mientras besaban Tu mano.

Te rezaba y te rezaba,
con ansiedad y con encanto,
hasta que en mi mano diestra
tuve un pañuelo, muy blanco.

No sé si bajó al momento,
de los cielos enviado,
sólo recuerdo una voz:
¡limpiale al Señor la mano!

Todo mi cuerpo tembló,
y recogido y turbado,
fui caminando a tu lado,
para limpiarte la mano.

De pie firme, junto a Ti,
hombro con hombro rozando,
nublaronseme los ojos,
al filo casi del llanto.

Te observaba, Gran Poder,
prendido en el desamparo,
humillado y dolorido,
Lirio, por amor, tronchado.

Tu Faz Divina marcada
por el castigo inhumano,
barba y cabello mesado,
y de espinas coronado.

¡Y que zancada, mi Dios!
a la muerte, tan cargado,
¡qué afanes de Redención!
para siempre del pecado.

Las interminables filas
de los fieles apiñados,
iban llegando hacia Ti,
para besarte las manos.

Un piropo que resuena
en el silencio, truncado,
de una frágil ancianita:
“¡atado estás aún más guapo!”.

El joven y la chiquilla
al niño cogen en brazos,
y sus labios inocentes
te besan, algo extrañado.

El abuelito apoyado
en su nieto con encanto,
te besa y cubre sus ojos,
un poco disimulado.

Unas monjitas de azul
al verte, tan afrentado
dejan virginales ósculos
en tus redentoras manos.

Y besos y besos y besos,
y el pañolillo, tan blanco,
va recogiéndolos presto,
y con esmero guardando.

¡Como te quieren Señor
estos fieles sevillanos!
no son sólo pedigüeños,
son también, enamorados.

¡Cuántas promesas cumplidas!
¡Cuánto silencio y fracasos!
¡Cuántas penas olvidadas!
¡Cuántos dolores callados!

¡Cuántas miserias pasadas!
¡Cuántas hambres y quebrantos!
¡Cuánta carencia arrastrada!
¡Cuánta muerte y desamparo!
¡
Cuántas almas se te entregan!
¡Cuántas ofrendas de amor!
¡Cuántas sentidas plegarias!
¡Cuántas muestras de candor!

Mi misión se terminó
cuando marché de tu lado,
pero el pañolillo blanco
se me escapó de la mano.

Y nunca lo volví a ver,
seguro que va empapando
tus Sudores Gran Poder,
al alba del Viernes Santo.

Era una tarde serena
de un señero Lunes Santo.