Luis Ortiz Muñoz  1943

Para el otro Nazareno, para aquel que, como dice la copla andaluza, “está en San Lorenzo, con la túnica morá y la cruz del sufrimiento”, hay que perfilar aún más la teoría interpretativa. Todos habéis oído sonar las dos en punto de la madrugada a la torre de la iglesia que ilustró con su santidad don Marcelo Spínola, y habéis sido testigos que las dos secas campanadas son como el misterioso resorte que produce automáticamente, con rigidez de escena, la penumbra, el silencio de la muchedumbre, el abrirse de la puerta y la presencia de la Cruz, mensajera de la Cofradía.

Relumbra luego lentamente el reguero de centenares de luces portadas por sombras negras, y al fin, tras ellas, nos sobrecoge y nos anonada la majestad imponente del Poderoso Señor. Nada hay comparable a este Nazareno terrible en la negrura de la noche. En el dintel de la iglesia, al amparo de la tiniebla, sin más brillo que la luz mortecina de los faroles del paso, se agiganta la figura temerosa y se biselan los perfiles de la cara reseca. Es el Gran Poder, el Supremo y Definitivo Poder de Jesús, el que el Profeta vio con el cetro de la potestad y del imperio en la mano.

Grande y corpulenta, la silueta se recorta en el reflejo opaco. El madero no le pesa, y cuando avanza por la plaza callada, bajo un techo de estrellas, aunque la divinidad parece latente, la humanidad, decidida a afrontar el martirio, puede con la Cruz y la lleva por todos los hombres. La muchedumbre, suspensa, contempla el prodigio, enmudecida, con esa reverencia, ese pasmo y hasta ese miedo que produce la visión de lo sobrenatural. Aquel Nazareno lo manda todo y lo puede todo, porque para eso se llama Jesús del Gran Poder. Nada disimula la dureza del gesto en todo el nocturno itinerario. Parece como si el artista hubiera tallado la imagen para imponer la adoración, para suscitar la fe, para depositar en los corazones la idea profunda de que aquel Hombre que lleva nuestra Cruz posee supremos y celestes poderes de redención.

Pero cuando la luz del alba empieza a teñir de un morado grisáceo los aleros de los tejados y el azul de la noche se diluye y se esfuma en violetas y blancos, el terrible Nazareno va cambiando poco a poco la expresión de su faz. Ya se le adivina la tez morena y turbia de quebranto, cuando pasa por la calle de la Cuna. Ya se quiebran y se anulan los perfiles angulosos. Jesús retorna a su casa compadecido y aquietado, como si la comunión directa con sus devotos, la recogida de súplicas y plegarias, propósitos de vida más noble y rendida. Y cuando el sol vence ya la amargura del alba, que tiñe el aire de color de lirio, y la procesión, misteriosa y cansina, atraviesa de nuevo la plaza de San Lorenzo, el Nazareno se siente otra vez poderoso. Pero ahora no manda y exige, sino perdona. Tiene la potestad de un amoroso Padre y las manos llenas de mercedes. Ya no se apiña ante Él la multitud estremecida. Están allí los suyos, los penitentes, los devotos fieles, los viejos, los enfermos, los niños, la gente que le ha seguido toda la noche o la que conoce, por madrugadora, los dulces secretos del amanecer.

Allí, de cara al pueblo, parado con la Cruz al hombro a la Puerta de su templo, mientras dulcifican su rostro los rayos trémulos del sol que nace triste en Viernes Santo, el Nazareno Soberano bendice todos los años a nuestra ciudad y de su poder inmenso le otorga el regalo de la gracia y de la alegría. Y allí también, todos los años, se enlazan en el espacio, como sutil ofrenda, como un salmo inaudible tejido por la angustia, las súplicas, las oraciones, las promesas, las gratitudes, que los que no pueden nada entregan al que todo lo puede, al amo y Señor de Sevilla, a Jesús del Gran Poder…