Manuel Navarro Palacios 1987

Y desde su estación de penitencia, en medio de nuestro Templo mayor, recurre al Cristo que le puede convertir: lo ve, en el claroscuro del Camarín de su Panteón Sevillano; lo ve por la calle Castelar hacia la plaza del Molviedro, en el silencio espeso que resaltan los espaciados golpes del martillo. Apenas alumbrado por los cuatro faroles y por las almas de los sevillanos que aclaran su rostro moreno.

¡Son los rizos de tu barba partida, Señor, los que enredan mis deseos de nueva vida! ¡Y es tu túnica oscilante, Señor, la que cubre mis defectos! ¡Y es la espina que atraviesa tu ceja fruncida, Señor, la que estremece mi alma! ¡Y es tu cuerpo que se sale del paso, para encontrarme! ¡Y es que sólo Tú puedes convertirnos y hacernos nacer de nuevo porque yo solo, Señor, no puedo! ¡Y por ello, Señor, cuando giras y te pierdes con la firmeza de tu paso largo, y arrastras la Cruz con tu Poder, yo sé que eres el único que puedes generar al nuevo hombre! ¡Y por eso los que queremos ser nuevos hijos de Sevilla, te llamamos Padre!

¡Nuestro Padre Jesús del gran Poder!