Manuel Toro Martínez 1979

Cristo, sí, el que anda como anda, Gran Poder, por Sevilla en la Madrugada: racheando el paso de su paso, la túnica que mueve su rodilla; y tu cara, Señor, ¡tu cara!; y la gente, estremecida te quiere compadecer, aunque te sabe Gran Poder, al verte seguir y seguir hasta llegar a morir para regalarnos vida.

Pero yo he visto tu diestra rota -¡que año aquel!-, tu mano de bendecir, la mano de repartir. Escalofriaba ver la venda morada en ella, con la amanecida de tu angosta calle Cardenal Spínola; y saberte y verte así, herido, me hizo comprender aún mejor que eres Cristo, Dios, ¡pero Hombre, varón de Dolores…!, y deseé para Ti el mejor de los consuelos….

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Dime, Prioste del Señor del Gran Poder, ¿que sientes cuando, con la mejor delicadeza, pones el brazo del Gran Poder sobre tu hombro en necesario abrazo…, para ceñirle bien la túnica a Su cintura?, dime ¿qué sientes?

Un día, el cariño de un Cofrade me regaló la dicha de soportar Tu Cruz, Gran Poder, en tanto la subían a tu paso:

Meter el hombro ¡yo!, Señor
…¡donde Tú metes
el hombro por las calles de Sevilla…!
Sentir ¡así! Tu Cruz,
sin dolor
-que el peso no es mi peso-
sin que me suene, eso sí,
-porque lo veo en Ti-
a peso muerto…

¡Ésa es tu luz:
me comprometes
con una cosa tan grande y tan sencilla…!