Miguel Muruve Pérez 1980

Así será, así ha de ser por siempre en esta tierra singular y privilegiada, cuyos hijos acudirán ansiosos, se agruparán expectantes, sobrecogidas sus almas, en torno a la figura sin par del Nazareno de Sevilla.

Y Tú, Señor, les llevarás hasta sus corazones contritos el ejemplo de tu inmenso abatimiento, de tu doliente humanidad.

Porque Sevilla, se te entrega sin tasa ni medida, precisamente porque en tu Imagen portentosa están encerradas a un tiempo, todas sus penas y sus miserias, todas sus esperanzas y sus afanes. Esa es tu fuerza de atracción irresistible.

Yo lo he visto muchas veces, Cristo mío, cuando fui indigno pedestal de tus pies llagados.

Allí, bajo tu paso, en unión con mis hermanos, fui contigo, Señor, compañero de tu andar valiente y poderoso. Y, viendo sin ser visto, oí muchas veces, en las madrugadas silenciosas y frías, las súplicas de un pueblo entero que te venera con entrega total, que te necesita para vivir.

Los vi, Señor, esperando de tus labios entreabiertos, que la inmensidad del suplicio no
pudieron resecar, las palabras de perdón y de consuelo.

¡Y cómo te acompañaban con el susurro de sus oraciones, con sus ruegos hondos y sentidos!

Lo vi en aquellos hombres duros y esforzados, maltratados quizá por la vida, que cayeron de hinojos cuando la hora más fría de la noche, refresca con su brisa el fuego de martirio de tu rostro.

Lo vi, en la angostura de Doña Guiomar, cuando aquellos dos niños, fijando en tus velados ojos sus ojos inocentes, se contentaron, como la hemorroísa, en rozar con sus manos los faldones de tu paso.

Y vi, tu Fuerza y tu Poder en el quiebro aguzado de la saeta y en aquel hombre tan anciano, que sacando ímpetus de Ti, caminó al lado tuyo, abriéndose paso incomprensiblemente entre la multitud, mientras repetía con sana obstinación: “No me dejes, Gran Poder!”.

Y lo vi, Señor; vi gracias a Ti, la Fe de tus gentes, en el viejo Postigo del Aceite, cuando aquel joven costalero tuyo, a los pocos minutos de nacer su primer hijo en la Madrugada Santa, corría presuroso hacia tu paso, bajo el brazo su costal, en la firme convicción de que nada podía hacer mejor, por la incierta trayectoria de aquella vida nueva, que ofrecértela con su esfuerzo bajo tus plantas, ayudándote a cruzar, en la gran noche, las calles de Sevilla.

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Antes de que a Jesús le haya llegado la hora terrible, un cofrade, meterá su hombro bajo la Cruz de Cristo y se la arrebatará; con sus pobres e indignas manos, amarrará las manos que tienen toda la Potestad y todo el Imperio.

Y el Señor del Gran Poder, despojado de su Cruz, atadas sus manos, inclinada su figura, se convertirá en el Señor de la Gran Mansedumbre, en el Cordero Humilde que así se dispone al Sacrificio. Pero Jesús, antes de echar a andar con su zancada valiente, antes de volver a cargar con el madero, querrá quedarse así, sumiso y entregado, en gesto de infinita Paciencia
y de Misericordia infinita, para recibir en sus manos atadas el beso de la Sevilla que le adora.

Así se quedará, antes de ascender al Calvario de su paso, para que tú y yo, cofrade, le miremos cara a cara y leamos en sus ojos lo que Cristo estará siempre dispuesto a hacer por nosotros; pero también, para que tú y yo, cofrade, le digamos frente a frente, con la voz de nuestro corazón, lo que nosotros estemos dispuestos a hacer por El, pase lo que pase.

Y ante ese Señor de la Gran Mansedumbre, ante ese Varón de Dolores, Siervo Atormentado de Dios, ante ese Cristo Bendito del Gran Poder, el pregonero quiere decir y suplicar, con el último eco de su voz, con el acento cansado de su última palabra…

¡¡Señor, Sevilla cree en Ti, pero, aumenta su Fe!!