Rafael Duque del Castillo 1975

La noche, que es tinieblas, cuando Cristo pasa, se hará luz, cuando el fulgor de la candelería del palio de la Virgen, reverbere en la dulzura de su rostro.

Cristo encerrará su dolor en el silencio del Templo, cuando la noche no ha acabado de despedirse, o a lo sumo, cuando la primera luz de la mañana le salga al encuentro, en San Lorenzo en ese instante sobrecogedor en que el pregonero le dice al Señor:

Ahora, el amanecer, nos ha llegado,
en el duro perfil de tu agonía.
Y se abre a la luz del nuevo día
tu recio cuerpo varonil, llagado.

Tu cuerpo varonil, lirio tronchado
al aire azul de la mañana fría,
que es dolor y pujanza, en la porfía
de tu imponente paso adelantado.

Llegas, Señor, en esta amanecida,
la plaza se despierta estremecida
en el beso de luz de tu mirada.

Regresas a la paz de tu capilla,
atrás quedó en la noche de Sevilla,
la cadencia de amor de tu pisada.