Ricardo Mena-Bernal Romero 1974

Pero…silencio, por favor, que llega Dios.

Y en nuestra Semana Mayor, que no hay apariciones bruscas ni encuentros inesperados, se ve venir desde lejos, como a los buenos, a Jesús del Gran Poder.

Mar de luces en la sombra de la Noche de Sevilla. La voz se apaga y la respiración se amengua. El resuello se adentra buscando rincones en lo hondo y el corazón se queja ante tanta belleza impresionante. Con paso largo y chicotá medida, el paso del Señor avanza recto y allá arriba, pero cerca, muy cerca del hombre, el Dios que parece terrible es cordero manso.

Ha torcido un poco su Cabeza para darle paso a la Cruz, pero su figura no se encorva demasiado y en esta demostración de fuerza y de Poder está la primera lección de una Esperanza de Hombre.

Pero…silencio, por favor, que aquí está Dios.

Y el paso se ha parado, y la Cara de Jesús está a la vista. Sombría porque está llena de sudor, sangre y barro que formaron el polvo y la saliva, pero resplandeciente de hermosura con su frente orlada por la serpiente espinosa que dejó clavada una gruesa espina en su ceja izquierda, que ha hecho en el tiempo de su caminar un abultamiento definido. Un poco más abajo unos ojos de mirar perdido. Serios, muy serios, que se dirigen a todos y están ennublados de tanto perdonar.

¡Ahí lo tienes, hombre sin fe, pero con la esperanza de encontrarla; con la esperanza de que se humedezca tu alma y se termine la sequedad!

¡Ahí está quien siendo Dios se hace con una Cruz y camina para que lo crucifiquen!

¡Ahí está en la demostración impresionante del Poder de Dios. Aguantando firme la embestida del dolor, del sufrimiento y de la congoja!