Vicente Luis García Caviedes 1994

Y también, sin extremos, es como se nos ofrece el mismo Jesucristo en todo su Poder al Padre. “Por El; con El y en El”. Es Jesús de Nazareth, Hombre y Dios, el que con la Cruz a cuestas, vemos caminando deprisa, como si quisiera sin retrasos consumar Su obra y entregársela al Padre. Por eso, Su compás abierto; Su pisada firme; Su zancada segura y Su Poder sobre todas las cosas del Mundo.

El Pueblo de Dios, como si fuera un Viernes más del año, sale en busca de su Señor, pero no a su Basílica, sino al camino del Calvario, convertido en él por unas horas las calles de la Ciudad, que las vuelve a recorrer Jesús con la pujanza de su Amor por Ella. Y así, encontrarse con Él, aunque sepan de antemano que es imposible resistir su mirada sin que todo el cuerpo se conmueva, al ver por la Jerusalén sevillana, rodeado de un mutismo de veneración y respeto, al Señor de Sevilla, diciéndonos a todos: “Mi yugo es suave y mi carga ligera”.

En su rostro se nos hace difícil de adivinar si hay dolor o desengaño; turbación o sacrificio. Su cara y Su expresión es una amalgama perfecta de todo ello. En El vemos al Dios Grande y Fuerte que vio el Profeta Isaías. Ese Dios que hace llorar de emoción a los armaos de la Macarena cuando a última hora del Jueves Santo lo visitan para rendirle homenaje de adoración y respeto al Siervo de Yahvé. Ese Dios que puede dar nuevas fuerzas y nueva vida a quienes crean en Él y que hizo exclamar al Centurión “En verdad este hombre era el Hijo de Dios”.

Señor de Sevilla
Jesús del Gran Poder,
Templo de padecimientos
y entrega,
el Viernes al amanecer.

Tu andar seguro
y Tu rostro de sufrimiento
hacen que no pueda
Tu mirada mantener.

Te veo, Señor,
siempre entre lágrimas,
porque tu figura
me hace estremecer
y recordar ensimismado
a aquellos que,
con ejemplo como el Tuyo,
me transmitieron
devoción y Fe.

Señor de los sevillanos,
que con tu dominio
y Poder
te quedaste a vivir
con nosotros,
haz que después
de la muerte
podamos tu rostro ver.