Antonio Burgos – Armaos en San Lorenzo

Armaos en San LorenzoJulio César, cuando conquistó la Galia, no traía tanta tamborería ni tantas plumas como traen por la calle Capuchinas, llenando de viejas trompeterías los balcones de geranios. Porque vienen conquistando Sevilla, ran, cataplán, el pasito quedo y arrastrado, el compás de paseíllo torero, la alegría en la cara, nunca tantos tambores ni tantas plumas se vieron llegar con las legiones como llegan con esta Centuria, tan nuestra, tan antigua, ran, cataplán, que viene conquistando Sevilla en esta tarde del jueves.

Salieron muy temprano de junto a las murallas. Los armaos no pueden salir más que de junto a las murallas. Dicen que son pescaderos de la Encarnación; que aquel decurión que ves tiene un puesto de gandinga en la calle Anchalaferia; que el que desnuda lleva la lanza y aguardentoso el compás, vende naranjas de Mairena y melones de Los Palacios. Dicen que salen sólo hoy, cuando a la tarde todos los viejos azogues de todos los viejos espejos de los armarios de dos puertas de la Macarena se han llenado de plumas y corazas. No creáis a quienes tal dicen. Son de verdad soldados de Roma. Al capitán que los manda lo dejó aquí Julio César para que le cuidara el cortijo, una vez que cercó la ciudad de muros y torres altas donde hoy pudieran resonar sus tambores, donde pudieran agitarse, cuánta gallardía en el pasito torero que traen, ran, cataplán, sus plumas. Ved la cara del capitán que los manda. No puede ser hijo de la gente de la gandinga y la berza. Si bien os fijáis, tiene el perfil de mármol de viejo patricio de la Bética. Hoy le han dado permiso en Itálica y se ha venido a salir de armao en Macarena. Todos han salido de los viejos torreones, de los zaquizamíes de la Casa de Pilatos donde aún revolotea el gallo que oyó San Pedro.

Y ya llegan a San Lorenzo. Julio César, cuando conquistó la Galia, no traía tanta imperial tamborería como la que trae la Macarena, Senatus Populusque Hispalensis, cuando se mete en el antiguo barrio de los señores. Ahora han cambiado el compás de los tambores. Ya no suena a paseo militar. Ahora tocan lentos, y lento se les hace el paso. Vedlos, cuánta Roma andaluza, avanzar hacia las puertas del Gran Poder. Las puertas están abiertas. La Bética siempre le abre las puertas a Roma, para que se nos quede. Dentro hay otra Sevilla. Hay un Hombre de Dolor, negra la tez, sobre terciopelos y dorados. No hay nadie en la iglesia. Sólo una escolta que hace como que lo defiende de los dioses de Roma. Diez, doce altos nazarenos con la túnica negra, como estatuas.

Y los tambores siguen sonando. Arrastran ya los pies alados estos Mercurios del mercado de la Feria sobre el mármol de las promesas. Ya resuenan los tambores bajo la bóveda. Ya están los negros nazarenos más esculpidos, más pintados que nunca. A pasito quedo, de paseíllo, ran, cataplán, Roma pasa ante la Contrarreforma. Dionisos rinde ante Apolo la desnuda espada de Marte.

Y algo tiene que ocurrir, algo de batalla hay en San Lorenzo esta tarde. Porque los altivos soldados macarenos que, plumas y tambor, tan pintureros entraron, ran, cataplán, llorando salen. El tambor sigue sonando, compás en las plumas, arte en el paso, pero traen los ojos vidriados, y no es del aguardiente. Hombres como trinquetes, tanta Macarena, se emocionan al ver al Cisquero, escoltado de sus nazarenos negros.

Dos Sevillas frente a frente, la una tan apolíneamente serena en el Hombre de la Cruz, la otra tan dionisíacamente barroca y primaveral en las fingidas corazas, en las lanzas que no vieron más sangre que la del puesto de la Encarnación donde vendían carne de toro bravo del altar, con albero, del rito de la Maestranza.

Nunca hubo, nunca, en la Bética una batalla tan incruenta como esta tarde en San Lorenzo. Julio César nunca trajo tanta tamborería.

Hoy se sabe que Roma pierde. Hoy, de San Lorenzo, las viejas cabezas romanas del mármol de Itálica salen con una lágrima en los ojos. Constatada su derrota, de nuevo vuelven a las murallas de la Macarena para rendirse ante la Madre que parió al que hace llorar a las legiones de Roma.

ANTONIO BURGOS
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