“De cincuenta en cincuenta”

ENTREVISTA a N.H.D. Juan Manuel García-Junco Caballero. Anuario 2013.

(José Luis Gómez Villa)

AVI_7638 2Es en una tarde aún cálida para estar bien avanzado el mes de octubre. Como al propio protagonista, el otoño le aporta una luz especial a los altos pináculos de la fachada de la Catedral en la Avenida. Una puerta medieval y tras ella una sucesión de patios modernos nos lleva hasta la misma plaza del Cabildo, con unas vistas hacia la ciudad interior privilegiadas, en la que los restos de la muralla de la Alcazaba emergen, robándole algo de protagonismo a los lienzos, esculturas y resto de obras de arte del inmueble de la canongía.  Es la casa de D. Juan Manuel García-Junco Caballero, mas de cincuenta años de sacerdote, cincuenta años de en la Hermandad y casi cincuenta años después de ser el primer Rector del Templo de Jesús del Gran Poder.

Don Juan Manuel, que nos anuncia que en dos semanas cumplirá los 84, tantos como la Exposición Iberoamericana de 1929, derrocha vitalidad, tanto en su voz, como en su mente, privilegiada y repleta de recuerdos. O en su agenda, pues aunque asegura que lo jubilaron formalmente, él no piensa parar mientras Dios lo mantenga lúcido y más o menos ágil. Una convivencia de fin de semana lo acaba de traer de Sanlúcar la Mayor y mientras hablamos, una llamada de teléfono le recuerda que el sábado deberá estar en San Juan de Aznalfarache temprano, claros ejemplos de su inquietud. Don Juan Manuel parece que está dispuesto a celebrar muchos más cincuentas.

“Al poco de ser ordenado sacerdote yo fui coadjutor de San Lorenzo con Don Diego Guzmán como párroco, entonces aún estaba en San Lorenzo, en su capilla, la Hermandad del Gran Poder, y conocí allí al que yo creo fue el mejor Hermano Mayor que yo haya conocido en mis tiempos, a D. Miguel Lasso de la Vega, el Vizconde, que es como nosotros lo llamábamos. Y fue él, mediante su amistad, quien cuando yo estuve por primera vez en la Parroquia de Nuestra Señora del Amparo y San Fernando de Dos Hermanas, me visitó y la Hermandad estaba a punto de trasladarse al nuevo Templo. Se presentaron allí él y otros miembros de su junta de gobierno y me dijeron que venían a por mi. Que iban a inaugurar el nuevo Templo y querían que yo fuera el sacerdote que se encargara del mismo. Y cuando se lo comenté a mi familia le encantó, más que a mí incluso, aquello de que fuera yo a ser, tan joven aún, el primer rector del Templo del Gran Poder”.

Corría el año 1965 y el 28 de mayo el Cardenal Bueno Monreal iba a consagrar el Templo de Jesús del Gran Poder tras una conocida procesión de ida y vuelta a la Catedral con ambos pasos en los que el Señor y su Bendita Madre salieron por última vez de su parroquia un jueves de la Ascensión. Las necesidades pastorales del nuevo templo ocuparían a Don Juan Manuel durante siete años, en unas obligaciones de mantener la hoy Basílica siempre abierta al culto de las Imágenes y al servicio pastoral y sacramental, especialmente con la confesión y la eucaristía. “Los primeros días y aquellos años fueron fenomenales. Yo creo que el traslado la gente lo asumió perfectamente, no recuerdo de modo especial que nadie se quejara de que habíamos cambiado al Señor de sitio, ni de que el templo fuera más o menos hermoso, que lo era, pero la gente lo que siempre quiere es tener al Señor disponible para rezarle. Y allí, lo estaba. Para mí esos años, mientras estuvo el Vizconde de Hermano Mayor, fueron unos años fenomenales; por entonces me mandaron también de profesor de religión al Instituto San Isidoro, pues me llamó el Vicario al orden y, dado que estaba bastante cerca del Templo y que podía compatibilizarlo con la actividad de culto, pues me inicié primero en el nocturno y después por la mañana. 

Pero en 1972 dimití como Rector.  Era Hermano Mayor mi amigo José Luis Gómez de la Torre,  y recuerdo que me quedé en un cabildo y Rafael Duque, que fue compañero y amigo mío en la carrera de derecho, dijo que había una serie de retrasos en la gestión económica de los estipendios y todo lo relacionado con la contaduría de los servicios religiosos, cuestiones que yo gestionaba por entonces, y que por eso se tendría que hacer cargo desde entonces la Cofradía pues no se podía tolerar ese retraso en la entrega de contabilidad. Yo no estuve de acuerdo y a la mañana siguiente me fui a ver al Cardenal y le presenté la dimisión”.

Don Juan Manuel habla sin resentimiento de aquella época y de las personas que fueron amigos personales, compañeros de carrera primero y de la vida de la Hermandad después, incluso lo hace con cierta nostalgia “…yo estaba hasta aquí ya, la verdad, porque yo tenía treinta años y yo no me había ordenado para estar en un templo o una iglesia, y a mi también el sacerdocio me pedía otra cosa: calle, parroquia, ministerio de sacramentos, contacto con el pueblo. Sí yo no hubiera tenido esa edad, desde luego también te digo que yo no hago eso ni loco. Yo también era un poco niñato, eso me llega a pasar con más años y yo no me habría ido ni loco del lado del Señor”.

 

El despacho del antiguo párroco de San Lorenzo está forrado de libros (en estanterías suecas Billy, “aquí sólo tengo una selección, la mayoría los tengo en mi piso de la calle Gravina, pero creo que ya tendrán que disponer de ellos o hacer lo que quieran los que los hereden”), pero se mezclan eclécticamente obras de arte, una bicicleta estática o los más insospechados aparatos tecnológicos. En el frontal dos retratos del pintor Rodríguez Jaldón. Son sus padres, Emilio García Junco Rilova y Ana Caballero Sánchez que presidien como referentes la vida de Juan Manuel y esta propia entrevista.

“Mi familia paterna era descendiente de Asturianos, aunque mi bisabuelo llegó a Sevilla hace más de ciento cincuenta años, así que mis padres son una familia ya sevillana. Muy asentada en la collación de la Magdalena, en la calle del Marqués de Paradas. Yo nací escuchando pitar el tren, en una familia de cinco hijos de los que sobreviven tres, en la que yo era el segundo, y mis hermanas, la que vive conmigo es la penúltima y también queda la pequeña. 

Recibí la primera formación y la primera Comunión en la Esclavas del Divino Corazón, las de Marcelo Spínola. Ellas me enseñaron a leer. Y cuando en esa época se hacía la primera comunión ya éramos muy mayores, por lo que en un colegio de niñas no podíamos estar, y mi madre me llevó al Colegio de los Padres Maristas, en la Calle Jesús del Gran Poder. Un colegio al que yo estoy profundamente agradecido, por todo en general, porque me enseñaron todo lo que he sido en la vida y porque, fundamentalmente, me enseñaron a tener Fe. Los profesores me explicaron muy bien la religión y tengo que decir que mi Fe se la debo a los Hermanos Maristas, también a las Esclavas porque fue donde empecé, pero determinante fueron los Maristas. El Bachillerato lo terminé en el Colegio de la Calle San Pablo y entré en la universidad, al inicio de los cincuenta, haciendo la carrera de Derecho y después me fui con el abogado Sánchez Apellániz a su Bufete, en el que trabajé dos años.  

En casa mi madre fue muy importante para mi, pero quedó viuda muy joven porque mi padre murió cuando sólo tenía 51 años. Y fue en ese momento en el que el hombre, el hijo, necesita más del padre que de la madre, porque yo tenía entonces 19 años. Mi padre era muy buena persona y me ha dejado muchos recuerdos, muchos ejemplos. Le cogió la Guerra en la zona Roja y estuvo dos años retenido allí. Tenía negocios, especialmente de madera, pues sirvió buena parte de las traviesas para los raíles del ferrocarril. Y lo pasó muy mal durante el tiempo que estuvo retenido, volviendo ya bastante hecho polvo y viviendo sólo 10 años más. En ese retrato aparece condecorado porque decía que había hecho tanto el Señor por él, le debía tanto, que tuvo una época en la que ganó mucho dinero, pues tenía una vista para los negocios increíble. Por ejemplo con el tren y las traviesas, él alquilaba para la corta un pinar en la provincia de Soria y lo cortaba y lo vendía preparado para la Renfe. Y eso le dió mucho dinero, y estaba tan agradecido a Dios por lo que había hecho por él, que igual que recibía el dinero, lo soltaba. Hizo dos pabellones de niñas y niños cuyos padres no podían costear su educación, en el Colegio de las Esclavas de Madrid. Luego al Cardenal Segura le hizo el Seminario de Bonanza, un edificio que ya estaba porque había sido aduana antes, y se lo transformó. En aquella época los seminaristas no tenían vacaciones no fueran a perder la vocación y como mucho les dejaban una semana en casa. Entonces el Cardenal hizo este seminario de verano y por lo menos un mes cambiaban de aires. Entre eso, y que era un benefactor del Colegio de Huérfanos de Ferroviarios, le concedieron la Gran Cruz de la Beneficiencia o la Encomienda de Alfonso X el Sabio, que son con las que aparece en el cuadro, cuadro que el autor tuvo que acabar por sí, pues su padre murió antes de concluirlo.

La parte de la Caridad ya la tenía cimentada desde casa, pero además sus padres le regalaron la Fe y lo educaron como creían que había que educarlo. “La llamada definitiva de la vocación la recibí ya trabajando. Había venido a Sevilla el sobrino de D. Francisco de Asís, por entonces Canónigo de la SIC, que vivía en Salamanca y terminó en Sevilla sus estudios, y me lo presentó y nos hicimos muy amigos, compartiendo inquietudes religiosas. Y tras dos años, a la vuelta del verano, un otoño como ahora, me dice Paco Sánchez Apellániz: Juan Manuel,  a otro compañero del despacho, a Don Manuel del Trigo, lo hemos despedido ayer del despacho, pero lo hemos hecho a las puertas del Seminario. Y a mí aquello, me dio un aldabonazo. Manolo me llamaba con mucha frecuencia para que fuera a verlo al Seminario, pero yo no quería. A mi no me gustaba aquello de ir a San Telmo al Seminario, creo que porque no quería que me fueran a enganchar. Pero terminé acercándome un domingo. Y luego el siguiente y el siguiente, y todos los domingos hasta que al curso siguiente entré finalmente. 

Fueron 5 años hasta la ordenación por el Cardenal Bueno Monreal, cinco años de formación teológica, que lo pasé muy bien, con muy buenos compañeros, algunos se me van muriendo ahora, Pepe Morillo el último, quien también fuera Rector del Templo. Pobrecito, yo no me esperaba ésto, pero es que estamos aquí el tiempo que Dios quiere y se acabó. Me acuerdo mucho de Pepe, y de cuando lo llamaron para ser Rector de la Basílica que al primero que llamó, antes de decir sí aceptaba o no, fue a mi. Y le dije que no lo dudara.” 

 

El álbum digital de gran formato que formado por las imágenes que él mismo recopiló y maquetó on-line por el 50 aniversario de su ordenación, que se celebró en la parroquia de San Lorenzo en 2009 con una misa oficiada por el Cardenal de Sevilla, su Eminencia Fray Carlos Amigo, nos sirve para repasar esos cincuenta años de sacerdocio, sus recorridos, sus destinos, su especialización dentro del Tribunal Eclesiástico, la obtención de la canongía, etc. Pero nos descubre aún más a un Juan Manuel al que apasionan los ordenadores y la informática, el diseño digital (ha llegado a diseñarse y editarse no sólo los álbumes que enseña, sino incluso libros), el manejo de software, escáneres, discos duros e impresoras.

“aún en aquella época, ser sacerdote era una cuestión de representación social”. “Recuerdo que la primera misa fue en mi feligresía de la Magdalena y el besamanos posterior, fue una ofrenda y agradecimiento tremendo”.

Como decía, la culpa de la llamada al sacerdocio, es especialmente de D. Manuel del Trigo. Tengo que decir que por aquella época, ser sacerdote en Sevilla era aún ser una institución social, algo que ya no pasa. 

Con los años acabé siendo director del Centro de Vocaciones, y por ello he tenido que lidiar mucho con aquellos que han terminado siendo sacerdotes, los he conocido, he tratado sus vocaciones muy intensamente. Y después, la mejor parte de mi vida como párroco que la he vivido en Dos Hermanas, en las parroquias de Santa María Magdalena, el Rocío, con esa forma de curva catenaria, que la edifiqué yo y que recientemente ha cumplido también los 50 años, y en la Parroquia del Amparo y San Fernando. 

Después me llamaron para el Tribunal Eclesiástico, porque se acumulaban las causas de separación y me llamaron porque como yo tenía la carrera de Derecho, pues para que pusiera mi granito de arena. José Mª Piñero Carrión, que fue un gran sacerdote de Sevilla, un gran hombre de Carmona, y me indicó que había pensado que era la persona idónea para que me marchara a la Universidad de Salamanca y me especializara en Derecho Eclesiástico, dada mi licenciatura anterior en Derecho Civil. Fueron dos años increíbles, otro lugar donde lo pasé de maravilla, en compañía de unos profesores extraordinarios, viviendo la ciudad, el campo y todo muy intensamente.

A colación del álbum de los 50 años de sacerdocio, aparecen sus compañeros de licenciatrura, los de los años en los que colaboró con la Universidad, los tres cardenales de Sevilla con los que ha coincidido, o quienes lo acompañaron en la misa conmemorativa, entre ellos nuestro anterior Hermano Mayor, Enrique Esquivias, su amigo y actual Secretario, Borja Lasso de la Vega, hijo de su admirado Vizconde, su primo y miembro varias veces de la Junta de Gobierno del Gran Poder, Aguistín García-Junco, que para Juan Manuel “es un primo extraordinario, una persona increíble”. 

Además de cumplir este año sus primeros cincuenta de hermano del Gran Poder, Juan Manuel tiene el gran honor, desde hace bastantes años, de ser el número uno de la Hermandad de Montserrat. Un vínculo muy anclado al recuerdo de su madre y su familia, los Caballero.  “Mi abuelo, el padre de mi madre, vivía en una manzana de casas que ya no existe, exactamente en el compás cuando éste estaba ante la actual parroquia de la Magdalena. Mis tíos todos eran de la Hermandad de Montserrat, que estaba en esa misma manzana, antes de que se derribara y pasara a su ubicación actual. La hermandad de Montserrat ganó mucho con el cambio de capilla, porque la anterior valía poco y ahora tienen más espacio. Recuerdo que en ese sitio, antes que la Capilla de Montserrat, estaba el Archivo Provincial de Hacienda. Como mi familia vivía allí y en los libros de la Hermandad de Montserrat se habla claramente que cando hubo de rehacerse la Hermandad, que como todas las hermanadades tienen su historia con sus altos y bajos, uno de los muchachos que tiraron para arriba de la Hermandad de nuevo era un Caballero, uno de mis tíos. Y es tradicional por la parte de mi madre que todos seamos hermanos. 

Antes de ser sacerdote yo era un hermano más, me gustaba y salía todos los años, al principio en el Cristo, pero después de ser niño me pasé a la Virgen, tanto que mi madre que me había hecho la túnica, llevó a que me bordaran el escudo del antifaz a las monjas de Santa Isabel. Y esa túnica, que luego pasó a mi primo Juanin Caballero, sigue saliendo hoy en día en la hija de éste, que es nazarena de Montserrat. Así que mi túnica sigue saliendo todos los años y la lleva una mujer, signo de cómo los tiempos han cambiado y las hermandades también.

Luego, de seminarista, me pasaba las Semana Santas en el sitio en el que nos colocaban, sentado delante de la fachada del Sagrario, con el resto de compañeros, y siempre cuando llegaba la Virgen de Montserrat, nos la paraban delante en mi honor. Cuando canté la primera misa, que irremediablemente tenía que ser en mi parroquia de toda la vida, la Magdalena, en un acto que fue en sí toda una ofrenda del barrio, la hermandad tuvo el detalle de llevarme a la Virgen de Montserrat a la parroquia para que la presidiera, un detalle realmente hermoso. 

Volviendo a ver su álbum de cincuenta años de sacerdocio, D. Juan Manuel vuelve sus pasos sobre el Señor. La vinculación con la Hermandad del Gran Poder nace cuando me hacen coadjutor de la Parroquia, hace ahora 50 años, ya que era algo casi obligado que los sacerdotes fueran de la Hermandad. También en la Parroquia me vinculé enseguida a la oledad, a la que le tengo gran devoción. Cuando volví a San Lorenzo, mediados los noventa, yo mismo me reclamaba que me hubiera llevado yo el Señor al templo nuevo, nunca pude pensar que lo fuera a echar tanto de menos. 

Por eso este día fue muy grande para mí (la instantánea, impresionante, es del 19 de diciembre de 2003, cuando nuestro hermano sacerdote, a solas en el presbiterio de la parroquia, cruza su mirada de devoción con la de Jesús del Gran Poder). Yo cuando lo vi entrar por las puertas de San Lorenzo, me eché a llorar porque para mí fue algo increíble que el Señor volviera a su casa. Pepe León, el entonces Hermano Mayor, dijo que había que llevarlo a San Lorenzo por los trescientos años de haber llegado, cosa que yo le agradecí enormemente.

Eso sí, en aquel besamanos extraordinario, el Señor no se puso como yo lo recuerdo de coadjutor en el coro, ni como lo recuerdo cuando iba de joven y se colocaba sobre el paso. Eso era algo único. Se colocaba una especie de cajón de madera que recubría el canasto del paso menos por el frente. En los lados se le ponían escaleras, que eran lo mínimo que se despacha en escaleras, un poco peligroso a pesar de la época, y se subía y bajaba por ellas del paso. Yo en aquella época era joven y no me costaba lo mínimo subirme, pero creo que era algo peligroso.  Eso sí, la gente iba en masa igual que hoy, llegando las colas hasta la calle Amor de Dios. Y yo creo que en esos años el besamanos era como mucho el Lunes y Martes Santo.

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